Una niña no es un obsequio. No se presta, no se intercambia, no se promete como garantía de futuro. Cuando se dice “regálemela y se la devuelvo cuando se gradúe”, no se está haciendo una broma ni es una “simpaticada”: se está reproduciendo una lógica de cosificación que vulnera derechos fundamentales.
Las personas menores de edad son sujetos de derechos, no objetos de deseo político ni adornos para discursos populistas, misóginos y autocráticos. Su desarrollo integral exige respeto, protección y condiciones dignas, no gestos simbólicos que las conviertan en mercancía emocional y mucho menos en supuesto gancho electoral.
Este tipo de expresiones no pueden ser normalizadas. No importa el tono, el contexto ni la intención. Lo que importa, además y por supuesto de la niña, es el impacto: una menor de edad expuesta públicamente, convertida en símbolo de una promesa paternalista que ignora su dignidad.
No basta con construir escuelas o repartir becas si el lenguaje que se utiliza perpetúa relaciones de poder desiguales y simbólicamente violentas. La niñez no necesita ser “rescatada” por figuras de autoridad. Necesita políticas públicas que fortalezcan a sus familias, que garanticen acceso a salud, educación y protección sin discriminación.
Necesita respeto, no “cariñito” disfrazado de obtuso y falso paternalismo. Necesita ser vista como protagonista de su propia historia, no como objeto de discursos que la invisibilizan.
Cuando se habla de niñas como si fueran propiedad, se retrocede décadas en la lucha por la igualdad y la justicia. Se borra su voz, se ignora su mirada, se les niega el derecho a ser ciudadanas en formación. Se les convierte en un cuerpo y nada más.
Ni se compra ni se vende… y tampoco se regala. Porque el cariño verdadero, está en reconocer a la niñez como sujeto de derechos, lo cual es el primer paso para construir una sociedad verdaderamente democrática.
Inés Revuelta Sánchez es educadora y administradora.