
Nadie trepa el árbol –profesional, de la vida, de ubicarse en su lugar en el mundo– sin que le hayan echado una mano antes. Nadie. El esfuerzo y otras variables cuentan, son requisitos indispensables. Pero sin la conversación humeante de media mañana, en ausencia de la regañada amigable cuando se mete la pata, las cosas se pondrían muy cuesta arriba.
Como en la viña del Señor hay de todo, se hallan los que forman por modelaje y la admiración que producen, los indiferentes o muertos en el olvido, o quienes educan por inspiración negativa, por lo que uno no quiere llegar a ser o hacer; de esos ya hablaremos en algún momento.
Hoy brindo tributo a los primeros: son los maestros, los profes, como les llamo cuando los miro a los ojos luego de darles la mano y saludarlos con el afecto de siempre.
Los mentores tienen un don particular: son personas que, con los años, a través de las experiencias y el estudio –en el área específica de la psiquiatría, con horas de escucha genuina y capacidad de asombro–, siempre desde una postura de humildad, encontraron un estilo propio para ejercer la profesión. Pero hay más. Saben reconocer sus límites, lo aceptan, estudian y son críticos con los vendedores de humo. Más importante aún, han desarrollado una capacidad innata de compartir desinteresadamente el conocimiento, de disfrutar de las sanas discusiones, de escuchar la argumentación de los demás –de aprender de ellos–, de fomentar el constructivismo pedagógico, de no saberse dueños de verdades absolutas.
Al mismo tiempo mantienen otra característica definitoria: se han hecho cercanos, accesibles, disponibles, porque son conscientes de que ellos mismos, hace no muchas canas, también tuvieron sus propios maestros. Son conocedores del impacto de estas relaciones en sus propias vidas y saben que es su turno de extender la mano y agarrar fuerte. Sin este requisito, no se podría entregar este título simbólico pero tan valioso.

El proceso formativo de uno como estudiante pasa por distintas etapas. Primero, el deslumbramiento por el conocimiento de los profesores y la sensación de “yo quiero ser como ellos”, de seguir sus pasos. Pero en esta dinámica de interacción y crecimiento a doble vía, también fue necesario –era sano, para todos– traérselos abajo, y verlos como lo que son: personas que se equivocan, con luchas internas, dudas y sus propios conflictos. Luego de haber sido bajados a tierra, unos pocos sobrevivientes cosecharon el respeto para ser devueltos al puesto de honor y respeto. Por eso, quiero mencionar hoy brevemente a tres de las figuras más influyentes en mi proceso formativo.
El profe Acuña, con su oratoria única, inspiradora, contagiosa del deseo de conocimiento, formó a generaciones de estudiantes de Medicina, colegas psiquiatras y especialistas en Psicología Clínica. Fue el primer autor en entregar el material asignado cuando estábamos en la fase compilatoria de nuestro libro de exploración psiquiátrica, a pesar de ser la persona de mayor edad del grupo (para mí, una prueba de su compromiso con la enseñanza y con el equipo de trabajo). Uno de mis mayores honores en la docencia fue cuando me dio la estafeta del curso que tenía años de dar en la universidad, e impartimos en conjunto su última clase.
El profe Herrera me enseñó el rol del arte dentro del proceso formativo, la importancia de la buena redacción en las notas clínicas, el papel del sentido del humor en el trabajo diario, la semiología detallista para entender adecuadamente los procesos de la psicopatología y su amor por el aprendizaje. Me lo demuestra en cada una de las reuniones que tenemos en la Asociación Costarricense de Psicoterapia, de la cual fue uno de sus miembros fundadores hace más de 40 años. Visitarlo en su taller de pintura es una de las experiencias más gratificantes que he tenido. Su obra El siete vidas conforma la portada del Manual de Exploración y Semiología Psiquiátrica.
Y el profe Gómez me inculcó la rigurosidad en las apreciaciones académicas, la importancia del análisis y cuestionamiento de los datos, el cuidado en la estructuración de los papers científicos. Su voz superyóica, que aún me viene a visitar de vez en cuando, fue el impulso para tomar la decisión de poner en tela de duda el rol “educativo” hacia el cuerpo médico que dicen tener las compañías farmacéuticas, a pesar de ser algo tan normalizado en nuestro medio. Esas charlas con tintico en mano guiaron el camino hacia un lugar de mayor congruencia y tranquilidad en mi práctica clínica.
Gracias, profes, por ser fuentes de resiliencia, por brindar recursos sanos, por la inspiración segura. Pueden estar seguros de que el legado forjado perdurará en el tiempo en muchísimas personas.
Esta columna está dedicada a José Enrique Acuña Sanabria, Walter Herrera Amighetti y Carlos Gómez Restrepo
ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr
Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.
