
Todos los años, el mes de agosto nos trae, además del canto de las chicharras en las tierras bajas y las lluvias que lavan la faz del sol y atenúan un poco el calor propio de la época, un evento que ya ha logrado integrarse en forma destacada y permanente en nuestra vida cultural: el Festival Internacional de la Música.
Este festival lo organizan desde hace cinco años mis viejos y queridos amigos Willy (no Guillermo, como lo mencionan siempre los periódicos) Víquez, Jordi Antich y su esposa, Evangelina Sánchez.
Estos tres quijotes lograron convertir en realidad un sueño que parecía imposible: traer a Costa Rica músicos de primerísima calidad de varios países, algunos muy lejanos, sin la menor ayuda del Gobierno. Es un claro ejemplo de lo que puede lograr la iniciativa personal, el esfuerzo y el trabajo en un país en el cual lo corriente es esperar que el Estado resuelva todos los problemas, sobre todos los económicos.
El problema económico, por cierto, se resolvió de una manera sencilla, simple como lo son casi siempre las ideas brillantes. A los músicos no se les paga por su participación, sino que se les dan en cambio unos días de vacaciones en nuestro país. Se intercambia la belleza de nuestro paisaje por la belleza de las notas musicales.
"Si hubiera que pagarles lo que corrientemente ganan -me dijo Willy- sería imposible llevar a cabo este festival." Me contó, además, que se escogió el mes de agosto porque es la época en que estos artistas están generalmente en vacaciones. Además, se ha corrido la voz de lo agradable que es venir a Costa Rica a disfrutar de nuestros paisajes y compartir momentos placenteros con nuestros músicos, y cada año hay más conjuntos y solistas dispuestos a participar. A pesar de esto, apenas termina un festival se comienza a trabajar en la organización del próximo. Se ha logrado obtener la cooperación de varias embajadas, sobre todo para el pago de los pasajes, y la de varios hoteles que no solo brindan el hospedaje a los visitantes sino que otorgan sus instalaciones para algunos conciertos.
Este año estos conciertos se programaron en el Teatro Nacional y en los hoteles Villa Caleta y El Tirol y el Vela Monteverde.
El año pasado asistí, junto con mis siempre compañeros musicales, Angela y Alberto y Judy Pauly al concierto que se llevó a cabo en el hotel El Tirol al que acompañó el canto del viento entre los pinos y el verdor de la campiña herediana. Este año fuimos al concierto inaugural del Festival en el hotel Villa Caletas en el Pacífico, cerca del mar, pero en lo alto de una montaña, o sea cerca del cielo.
Y era cerca del cielo no solo por la altura sino también por la belleza de los alrededores, el paisaje a veces salvaje y a veces tierno y dulce, lleno del verdor de las enredaderas que abrazaban los árboles y del azul del cielo y del mar. Y el sol que en los atardeceres bajaba a lavarse la faz en las aguas marinas antes de desaparecer en el horizonte.
Ahí se inauguró el Festival y también se inauguró el anfiteatro que construyeron los dueños del hotel, un francés y un costarricense, cuyo buen gusto está patente en cada detalle de las instalaciones, en la piscina que se pierde en el horizonte, en los Jardines, y en la música clásica que acaricia los oídos de los huéspedes.
Desgraciadamente, la lluvia impidió que esta inauguración se llevara a cabo en el anfiteatro, bajo las columnas romanas coronadas por cactus y con el telón del fondo formado por la montaña y el mar. El concierto del Cuarteto Galia entonces se llevó a cabo en un salón interno del hotel. Y la bella música de Schumann, Bartok, Haendel y Joplin inundó el pequeño salón, salió por la puerta abierta, bajó a la azotea y se perdió entre el bosque y el mar.
Esa noche cenamos con los músicos y recibimos la visita de varios animales silvestres, a quienes atrajo la música o la presencia humana y cuya curiosidad pudimos observar, por ejemplo, en los ojos tímidos de los mapaches.
Ahí, casi entre las nubes y muy cerca del cielo pudimos disfrutar de una música que, si no hubiera sido por el esfuerzo de los organizadores, nunca hubiera llegado a nuestros oídos. Es de esperar que este esfuerzo continúe indefinidamente para el bien de la cultura costarricense.