
Del 13 al 15 de febrero se celebró la Conferencia de Seguridad de Múnich, evento anual en el que participan representantes de Gobiernos y líderes mundiales. Esta vez, el lema fue “Juntos somos más fuertes”. En la inauguración, el canciller alemán Merz aludió a la necesidad de rescatar la alianza con Estados Unidos y refundar la OTAN.
A diferencia del año anterior, cuando el vicepresidente Vance fomentó la ruptura del diálogo transatlántico, esta vez asistió el secretario Rubio, quien señala que el mundo vive una nueva era geopolítica y demanda reexaminar el rol de las potencias. Esto resulta alentador para el atlantismo, tan venido a menos. La idea sobre la que existe consenso es que el viejo orden ha muerto y se está en la “era de la demolición”. La cuestión es cómo construir el nuevo orden. Rubio aludió a qué es lo que realmente se quiere defender y bajo cuáles principios y valores.
Este foro bávaro tiene una ventaja: no se limita a los discursos de los invitados de cientos de Gobiernos, sino que es un debate público de los planteamientos hechos en las intervenciones y los encuentros bilaterales confidenciales.
Hubo intervenciones a favor de la ruptura de la alianza entre Estados Unidos y Europa, lo que causaría regocijo en Moscú (no fue invitado) y Pekín. Esto ocurre en el contexto de lo que el secretario general de la ONU, Guterres, considera el predominio de la “ley de la selva” que sustituye el Estado de derecho internacional y favorece un “momento hobbesiano”.
Es manifiesto que hay un acelerado proceso de desoccidentalización, matizado con la pugna entre neoliberalismo y nacional-populismo. La humanidad asiste al funeral de la Ilustración, que generó una cosmovisión occidental opuesta al orientalismo fomentado por China y a un esquema de euroasianismo impulsado por Moscú. También es un conflicto entre globalización y localismo, que Washington ve desde el “realismo trumpiano”. Por eso, es el momento de releer a Maquiavelo y a Hobbes en clave del siglo XXI.

Lo que quedó claro en Múnich es que el orden liberal del siglo XX no existe. Por eso, Merz propuso revisar en profundidad la OTAN, buscando la ventaja competitiva para Estados Unidos y Europa. Pero Rubio no participó en la reunión con Zelenski, lo que demuestra que Washington margina a Europa y busca manejar por separado las relaciones con Moscú. Y Bruselas busca un canal directo con el Kremlin. Tras su participación en Múnich, el secretario de Estado estadounidense visitó Hungría y Eslovaquia para respaldar regímenes nacional-populistas que torpedean la Unión Europea.
No es una tarea fácil, porque en los países europeos la desconfianza hacia Washington ha aumentado, al igual que la percepción de que las políticas de Trump son negativas para la mayoría de los países y para el mundo, según encuestas de la propia Conferencia de Seguridad.
El informe anual que sirve de referencia al encuentro, esta vez titulado “Bajo Destrucción”, propone no plegarse a los planes trumpianos. Sin embargo, el discurso de Rubio se centró en que EE. UU. y Europa constituyen una alianza que requiere revitalizarse, aunque esto deba ser en los términos de la Casa Blanca. La pregunta es cómo acercar posiciones y eliminar brechas cuando persisten profundas diferencias conceptuales.
Rubio aportó un tono “tranquilizador”, pero eso no significa que favorezca un giro en las aspiraciones de Trump sobre la OTAN y sobre la seguridad internacional/global. Tampoco debe entenderse como que se podrá recuperar un diálogo transatlántico basado en un orden liberal y democrático, respetuoso de las normas internacionales.
Hubo puntos de consenso. Uno de ellos es la necesidad de consolidar una defensa europea, fortaleciendo la cooperación entre la Unión Europea y el Reino Unido. De igual manera, se consolida el eje París-Berlín, a pesar de la reticencia a la protección del paraguas nuclear francés.
Von der Leyen fue enfática en la urgencia de desarrollar “una columna vertebral europea de capacidades estratégicas claves”. Esto no significa una ruptura abierta con EE. UU., pero sí una nueva fase en las relaciones transatlánticas y el orden mundial.
Como dijo el primer ministro Starmer, no se busca el conflicto, sino una paz duradera, pero las circunstancias obligan a prepararse con un “poder duro” propio, que disuada la agresión. Una Europa más fuerte y una OTAN más europea. En el ambiente en Múnich, los temas de Ucrania y Groenlandia fueron una constante, lo que evidencia que el camino por recorrer no será fácil, pues Washington no es el socio confiable del pasado.
Uno de los problemas que dificultan el análisis es que persisten las “prisiones conceptuales” de la centuria anterior. Mucha gente, incluso en la academia, insiste en aludir a socialismo, neoliberalismo, consenso de Washington y otras cosas por el estilo, cuando eso es pasado. Hay que entender el juego internacional/global de hoy en términos geopolíticos y geoestratégicos, en lo que se conoce como la “doctrina Donroe” o las esferas de autoridad de Putin. Para comprender esto, es indispensable releer la historia de las relaciones internacionales en perspectiva del siglo XXI.
La pregunta que queda tras el foro es si existen bases firmes para refundar el diálogo transatlántico en un escenario posliberal, mientras la administración Trump favorece un orden iliberal. Es evidente, como señala J. Gray (El País, 14/02/2026), que estamos frente a la desintegración de un mundo que no volverá; por supuesto que habrá un orden internacional, porque el sistema no puede permanecer en condición de inestabilidad.
Sin embargo, reitero, lo que se está construyendo hoy poco se parece a lo que se estableció en 1945.
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Carlos Murillo Zamora es catedrático de la Universidad de Costa Rica (UCR) y de la Universidad Nacional (UNA).