Después de muchas luchas y cambios positivos, las mujeres hoy cuentan con mayores posibilidades para acceder a la educación superior, al empleo remunerado y a diversos medios para adquirir competencias y experiencias que contribuyan a su pleno desarrollo. Sin duda, estos logros han representado un hito histórico. Hoy tienen mayor presencia en espacios de participación y liderazgo.
Es claro que Costa Rica ha avanzado notablemente en la inclusión educativa de las mujeres. Cada generación de mujeres con título universitario influye en sus familias, comunidades y áreas de trabajo, y refleja un cambio cultural en el que la educación femenina se valora, se impulsa y se consolida como parte de la identidad social del país.
Sin embargo, esta mejora educativa no significa que tengan las mismas posibilidades de incorporarse, crecer y permanecer en el mercado laboral. Las condiciones continúan siendo más adversas para ellas.
Muchas investigaciones y estudios reflejan los desafíos y brechas que persisten en materia de igualdad laboral. Pero, más allá de estos análisis, recurrentemente encuentro publicaciones de mujeres con distintos perfiles profesionales que han tenido que renunciar a sus puestos para dedicarse a labores domésticas o al cuido de sus familiares, al no encontrar suficiente flexibilidad en sus trabajos para atender estas responsabilidades.

En algunos casos, terminan asumiendo jornadas que pueden extenderse hasta 16 horas diarias, al combinar el trabajo remunerado con las tareas del hogar y de cuido.
El reto no consiste únicamente en lograr que las mujeres lleguen al mercado laboral. También implica reconocer las habilidades y experiencias adquiridas fuera de un empleo formal: cuidar a los hijos, administrar un hogar, acompañar procesos familiares complejos, participar en iniciativas comunitarias o realizar voluntariado.
Estas experiencias también pueden aportar capacidades que enriquecen una trayectoria, sin permitir que los sesgos, percepciones o estereotipos determinen sus oportunidades o lo que tradicionalmente se considera experiencia profesional.
Si bien la igualdad laboral no debería medirse únicamente por cuántas mujeres logran adquirir un empleo formal o entrar a una organización, permanecer también importa. No basta con incorporarse a una organización si las condiciones de trabajo no permiten desarrollarse en un ambiente seguro, digno y libre de todo tipo de acoso y discriminación.
Para algunas mujeres, crecer, liderar u ocupar posiciones de liderazgo puede significar enfrentar intimidación, hostigamiento o cuestionamientos constantes que ponen en duda su autoridad y decisiones. Estos obstáculos pueden terminar limitando su crecimiento profesional.
Por ello, prevenir, atender y sancionar estas situaciones deben formar parte de cualquier organización o institución que aspire a ofrecer espacios de trabajo respetuosos y seguros.
Una mujer puede estar preparada para asumir una posición de liderazgo o cualquier otro empleo formal, pero eso no significa que siempre encuentre un espacio dispuesto a escucharla. Cuando expresa una opinión, cuestiona una decisión o defiende una postura, puede encontrarse con descalificaciones, interrupciones, cuestionamientos sobre sus capacidades o críticas que terminan desplazando la discusión de sus argumentos hacia su persona.
Entrar, permanecer y crecer son tres momentos de una misma conversación. El primero requiere mayores oportunidades de acceso y condiciones justas; el segundo, crear condiciones dignas y seguras que les permitan desarrollarse, y el tercero, posibilidades reales de convertir el conocimiento, la experiencia y el talento en mayores responsabilidades.
El avance de las mujeres en el mundo laboral, por tanto, no se refleja únicamente en cuántas han conseguido un empleo formal. También se encuentra en quienes logran construir una trayectoria laboral sostenible, alcanzar posiciones de decisión y desarrollar plenamente sus capacidades.
La igualdad laboral se alcanza cuando una mujer no solo puede entrar al mercado de trabajo, sino también permanecer, crecer y aportar todo su potencial sin que las condiciones del entorno determinen hasta dónde puede llegar.
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María Alejandra Serrano Ramírez es licenciada en Relaciones Internacionales con una maestría en Gestión Pública.