
En el primer capítulo de la parte segunda, y sin embargo buena, de El Quijote, varios convecinos tratan de determinar el estado de salud mental de don Alonso Quijano. Y les basta oír una sugerencia del hidalgo para ir contra el Turco para que el barbero, con la socarronería con la que el pueblo muchas veces se burla disimuladamente de la presunta inteligencia de las clases dirigentes, saque a relucir la historia de un hombre que, aun siendo graduado en cánones, estando internado en la casa de los locos de Sevilla, pretende convencer a autoridades y responsables de la enorme injusticia que se cometía con él. A la postre no lo logra porque, cuando parecía haber acreditado su gran cordura, un dislate lo delata.
Esta obra se publicó hace ya más de 400 años, y es, probablemente, la primera alusión a una figura típica, que no privativa, del modo de ser y de la picaresca españoles. Se los denominaba arbitristas, que el Diccionario de la Real Academia define como “persona que propone proyectos o soluciones quiméricos, especialmente en el ámbito de la política y la economía”. Esta definición no dice que se requiera algún tipo de conocimiento o experiencia que acredite la capacidad de estas personas para respaldar las propuestas y los memoriales que elevaban al parlamento o al monarca, siendo que, en innumerables ocasiones, los autores de estas iniciativas eran individuos no solo sin experiencia, sino con una capacidad mental por debajo de la media o una salud mental vecina a la de graduado en cánones.
Traigo esto a colación porque en esos cuatro siglos transcurridos desde el libro de Cervantes, muchos países, incluidos los nuestros, nos vemos periódicamente asolados por esta plaga, muy especialmente en tiempos en los que el viento parece soplar de frente, la incertidumbre crece y el miedo nos atenaza. En estos contextos, nuestros reflejos combinan la tentación de devolvernos a lo malo conocido con la búsqueda de soluciones fáciles y rápidas que mitiguen nuestro desasosiego.

Este es el sustrato idóneo para que florezcan estas figuras, algunas de las cuales son mentecatos certificados; otras, simples o ingenuos declarados, y otras, cómo no, avispados advenedizos que ven en la ocasión una formidable oportunidad de medrar en el poder. Y, de paso, lucrar en el patrimonio.
La receta es conocida: abrumar a la ciudadanía con la acumulación de tintes apocalípticos en el discurso (que agravan la sensación de pánico preexistente), simplificar el argumentario de las posibles causas, cargarlas sobre los hombros de un presunto enemigo (interno o externo) y, cómo no, delinear una solución simple que, indefectiblemente, pasa por las manos del demiurgo de turno.
Cuando la fórmula funciona, que no es siempre, pero sí las más de las veces, se inicia un desvarío colectivo en el que una ciudadanía obsecuente infla las velas de egos desmedidos que terminan por creer en su propia omnisciencia e incluso en la infalibilidad de su brújula moral, convertida en el único criterio de deseabilidad y de verdad. El energúmeno que dirige los destinos de la mayor economía del mundo al día de hoy es el más reciente ejemplo de estos desvaríos.
Cualquiera que tenga un mínimo de conocimiento y conciencia histórica de lo ocurrido en estos muy numerosos años que nos separan de Cervantes, sabe en qué suelen terminar estos trágicos sainetes. No habrá ni Tercer Imperio, ni Revolución Mundial. No habrá paraíso en la Tierra, ni correrán ríos de leche y miel. No habrá milagros de ningún tipo, pero sí dolor y sufrimiento innecesarios que, aunados a los preexistentes, terminarán por despertarnos de ese mal sueño.
Y ahí estaremos nuevamente, si Dios lo permite y la autoridad no lo impide, capitalizando la experiencia y abonándola al mejor acervo de conocimiento colectivo que, amén de la ciencia, hemos acumulado los seres humanos después de, y a raíz de, estas experiencias. Ya sabemos que no hay problemas “fáciles” de resolver (porque, de haberlos, ya los hubiéramos resuelto). Ya sabemos que no hay profetas, ni mesías, ni salvalotodos que nos saquen, mágicamente, las castañas del fuego. Ya sabemos que vivimos en sociedades complejas, y complejamente interconectadas entre sí, y que las redes de causas y efectos son difíciles de resumir en fórmulas simples. Ya sabemos que no hay soluciones perfectas y que convengan a todo el mundo.
Por ello, en estos más de 80 lustros hemos desarrollado mecanismos de acción política que priman la reflexión y el estudio sobre la demagogia; el quehacer y la toma de decisiones colectivos sobre la iluminación individual; la implementación progresiva de cambios sobre la voladura de instituciones y la priorización de medidas que beneficien, si no a todos, sí a la inmensa mayoría.
Y quienes tenemos conciencia clara de esto, estaremos ahí nuevamente, para retomar la senda responsable del mayor grado de bienestar que ha conocido nuestra especie hasta la fecha. Actuaremos. Esperaremos.. Y ahí nos veremos.
inigolejarza@pm.me
Íñigo Lejarza es bachiller en Psicología y máster en Administración de Empresas. Ha dedicado su carrera al análisis de datos y la investigación de mercados, especialmente en medios de comunicación y publicidad.