
Me crié como cualquier niña: con ese amor profundo que nace cuando le enseñan a uno dónde está su país, qué es su país y qué representa ser “tico”. Me enseñaron que las celebraciones patrias se respetan, para que cada generación aprenda a honrarlas y para gritarle al mundo nuestra patriótica alegría.
Crecí orgullosa de un país que antepuso el bienestar del planeta sobre todo lo demás: aprendí que casi toda la energía eléctrica proviene de fuentes renovables, que una cuarta parte de su territorio está resguardada en parques nacionales y reservas, que más de la mitad de su suelo se mantiene cubierto por bosques y que alberga el 6% de la biodiversidad mundial. Un país de playas impresionantes, donde es posible ver salir el sol en el Caribe, atravesar unas montañas y, el mismo día, ver al astro rey caer en el Pacífico.
Presencié actos cívicos con solemnidad y respeto, en tiempos en que se estudiaba en la biblioteca y las tardes eran para jugar bola, tocar timbres y salir corriendo, y seguir jugando hasta que se nos acabara la luz del día.
Recuerdo que todo empezó a dañarse cuando llegó al puesto de presidente una persona de discurso genérico, con más desconcierto que certeza en los ojos: alguien que quería hacer, sin tener idea de cómo lograr lo que prometía. Y ojo: esto no es una crítica a ningún partido político; sencillamente, se notaba a la distancia.
Pero no había de otra. Y aquí entra en juego algo más que me enseñaron de pequeña: quien ocupe ese puesto se respeta, sin importar el partido, porque esa persona representa a Costa Rica. Así que escogí respetarlo sin importar su color político.
Todo esto era parte de mí; este amor por Costa Rica se me imprimió en la sangre. Soy de las que miran una bandera y sienten que se les eriza la piel; de las que la ven ondear y experimentan una alegría profunda por lo que somos los ticos; de las que terminan de cantar el Himno Nacional con los ojos empañados.
Éramos uno, un pueblo; éramos más los buenos. Pero, entre el desconcierto y la avaricia de los altos mandos, nos subimos a este tobogán sin saber adónde nos llevaría.
Comenzamos a descender creyendo que todo se iba a calmar, pero no fue así. A duras penas, hemos sobrevivido varios mandatos con la esperanza de mejorar el país y, mientras tanto, seguimos cayendo.
Empezamos a notarlo cuando salir después de cierta hora dejó de ser seguro, cuando tuvimos que abstenernos de sonar el pito del carro, cuando la cámara dejó de guardar sonrisas para convertirse en evidencia, cuando ayudar a alguien pasó de ser un acto natural a algo que había que pensar dos veces.
Hasta que entendimos que el tobogán donde nos habíamos montado estaba sin terminar, como tantas de las construcciones de nuestro país, y que todos juntos habíamos caído al vacío.
Ahora da miedo salir a cualquier hora. Mandamos mensajes de “ya llegué” a nuestros seres queridos. Es mejor no hablar con nadie porque, en la calle, pareciera que hemos perdido por completo la capacidad de gestionar nuestras emociones. Ya no celebramos nuestras diferencias: las señalamos.
Se nos cayó el “pura vida” al piso. Y cuando la fuerza policial se vio diezmada, pareció que también desaparecieron el control y el freno.
Hoy, esto es tierra de nadie. El descaro y la malicia se convirtieron en la máscara de muchos; las noticias de personas fallecidas o desaparecidas dejaron de sorprendernos; se llevan armas a los colegios; salimos solo para lo necesario y aquellos días en que no ocurre nada parecen un milagro.
Ya no hay honor en la palabra, tristemente. Se nos fue esa esencia; al ser humano se le olvidó ser humano. Pareciera que entre nosotros creció un odio profundo, y ese odio está manchando nuestra bandera con cada vez más rojo.
Estoy segura de que muchos, como yo, nos sentimos incapaces de detener esta hemorragia. Parece haber más sangre que manos dispuestas a ayudar.
Por eso, tenemos que volver a nuestras bases y reconfigurar el rumbo. Si seguimos así, no quedará mucho por rescatar. Toca sacar la valentía y dejar de poner un granito de arena: hay que poner tres.
Y que los altos mandos se ajusten la corbata. No soy tan ilusa como para creer que van a arreglarlo todo después de tantos años de daño, pero sí espero que den lo mejor de sí por el país.
A nosotros nos corresponde apoyar también a todas esas personas que se ponen uniforme, chaleco antibalas y botas para salir a ayudarnos cuando las necesitamos, sin saber si volverán.
También debemos aprender a regularnos y a atajar de manera civilizada cada situación que se nos presente. Nuestra primera reacción debe ser hablar, no recurrir a medios para herir al otro, porque eso solo genera más violencia.
Aprendamos a soltar el teléfono, a conversar más entre nosotros y a remendar esa tela de respeto y tolerancia que se rasgó. Debemos comprender que todos estamos en el mismo barco y que, si cada uno rema en una dirección distinta, el barco no llegará a ningún lado.
Yo quiero volver a salir y respirar tranquila. Quiero mostrarles a las generaciones futuras un país que no esté lleno de cruces en el suelo; donde los chiquillos puedan salir sin miedo y su objeto más preciado, la bicicleta, no los convierta en blanco de la violencia; donde cada 14 de setiembre volvamos a las estaciones de bomberos para cantar el Himno Nacional junto a quienes arriesgan la vida por nosotros; donde aprendamos que no todo tiene que quedar grabado en 4K y que, a veces, basta con vivir y disfrutar el momento.
Quiero que podamos acampar sin miedo, conocer esta maravilla de país, pequeño, pero precioso. Quisiera que sintieran lo que llevo en el corazón, ese orgullo que todavía me recorre las venas.
Hoy miro hacia arriba para ver mi bandera ondear y me pregunto si todavía tenemos la capacidad de recuperar aquello que fuimos o si vamos a seguir permitiendo que nos ganen el odio y la violencia.
Hubo un momento de nuestra historia en que no fue necesario un ejército. Y digo “un momento” porque tal vez hoy no necesitemos un ejército militar, pero sí necesitamos un ejército de personas dispuestas a izar nuestra bandera, a defender lo que representa y a hacer su parte para reconstruir el país.
Ahora es cuando veremos quién es tico.
sofia_dsolano@hotmail.com
Sofía Dittel Solano es arquitecta.