
No sé si, como ya se ha sugerido en las páginas de este diario, la congestión vial (presas) sea una atinada metáfora de la disfuncionalidad del país en este siglo. Sí sé que resulta muy paradójico que el uso generalizado de artefactos que permiten, en teoría, desplazarnos mucho más rápido que cuando caminamos, redunde, ocasionalmente, en esos artefactos avanzando torpemente al ritmo de un humano caminando (y a veces menos). Y que lo que se adquirió para ahorrarnos tiempo redunde en una de las más tristes y estériles pérdidas de este.
Esa paradoja no es nueva ni exclusiva de este ámbito. En economía, se conoce como dilema de la acción colectiva (tragedia de los comunes): la optimización del uso individual de un recurso compartido puede resultar en un agotamiento de ese recurso, perjudicando, finalmente, a todos.
Así, esas decenas de miles de compatriotas que, hartos de un sistema de transporte público ineficaz, decidieron, el año pasado, comprarse su automóvil (popular o no), creyendo resolver así su problema de transporte, contribuyeron inadvertidamente a agravar el de quienes habían tomado esa decisión años antes y a estrenar un nuevo problema de transporte propio.
Metidos en el atolladero, no hay más remedio que aguantar, con paciencia franciscana, la diaria penitencia o, a lo Tío Conejo, jugársela tratando de ser más vivo que todos los demás. Esto redunda en que, al enojo natural de ver la propia vida transcurrir tediosamente desde detrás de un parabrisas, haya que añadir el provocado por todos aquellos conductores que, a diferencia de uno, son imprudentes, maleducados, groseros o abiertamente agresivos. Terminamos mucho más furiosos que rápidos.
Esta idea de desplazarse más rápido que lo que la energía natural permite (un caballo, una bicicleta, un velero) está en el corazón de la primera Revolución Industrial, con sus trenes y sus barcos de vapor, y culmina con el modelo de la cadena de producción, que permite la creación de automóviles asequibles para todos (así fueran solo de color negro). Pero las mejoras del desempeño de esas máquinas (y de la enorme infraestructura que las soporta, desde las bombas de gasolina, pasando por los talleres, hasta las carreteras y los parqueos, individuales y públicos, que suponen un mínimo estimado de un 1% de la superficie terrestre) derivan en que, atenidos a sus capacidades, pero fantaseando con que las calles estarán vacías cuando se las requiera, veamos a todos los vivazos que en el mundo son tratando de correr a toda máquina para llegar a su destino. En nuestro caso, además, corriendo para llegar tarde, como corresponde.
Pues bien: una dinámica similar es la que ha introducido la disrupción tecnológica de los últimos 30 años, pero no ya en el acotado ámbito del transporte, sino en nuestra vida cotidiana. Ya no se trata de la optimización del tiempo mediante la optimización del desplazamiento por el espacio, sino de la optimización del tiempo mismo. O del mismo tiempo, pues se trata de hacer más cosas en la misma unidad de tiempo.
Así, hemos “ahorrado” mucho tiempo en trámites en entidades públicas y en bancos; en supermercados en que fungimos de cajeros y en boleterías de autoservicio; en tiendas y restaurantes, clínicas y farmacias, que llegan a la puerta de nuestras casas; hasta en relaciones, que ya no ocupan traslados ni reuniones ni parrillas, reemplazados por un like o un holi.
Y como “ahorramos” todo ese tiempo, nos vemos compelidos no a descansar, ni a ver por la ventana, ni al dulce hacer nada, sino a, como si de un recurso económico se tratara, reinvertirlo. Y así, estaremos a las 4:30 de la mañana pedaleando o trotando; metiendo una clase de yoga en la hora de almuerzo; sacando una maestría en línea al llegar a la casa. Tratando de compensar la pérdida de tiempo de la presa. Como si fuéramos los hermanos Marx en el Oeste, y al grito de “¡Más madera!”, impulsamos nuestra locomotora para llegar a vaya usted a saber cuál estación, aun cuando ya no queden ni tren ni pasajeros.
Y todo esto sucede, paradójicamente, cuando nuestras esperanzas de vida se dilatan. Lejos de aminorar el paso, dado lo dilatado del viaje, queremos hacer más en menos tiempo, aun cuando dispongamos de más tiempo. Y nos hemos convertido en una versión moderna del Conejo Blanco de Alicia, temerosos de llegar tarde a nuestro propio funeral.
Y por si esto fuera poco, algunos exaltados congéneres, muy furiosos amén de harto veloces, promueven algo llamado aceleracionismo, buscando, mediante el capitalismo tecnológico, promover cambios que no se sometan a los lentos procesos humanos de toma de decisiones. Impacientes por la demora de la Parusía, quieren avanzar aceleradamente hacia el Apocalipsis, ansiosos por participar del Armagedón. Aun cuando todo esto sea ajeno, por no decir contrario, a nuestra evolución como especie y a nuestra historia, al entendimiento, el alma y el corazón humanos.
Es decir, inhumano.
inigolejarza@pm.me
Íñigo Lejarza es bachiller en Psicología y máster en Administración de Empresas. Ha dedicado su carrera al análisis de datos y la investigación de mercados, especialmente en medios de comunicación y publicidad.