
Mami Nelly, como le decíamos a mi abuela, era menudita; caminaba con decisión, hablaba sin rodeos y arrancaba el día antes que el sol, con el moño trenzado bien hecho. Dirigía como jefa de Estado, con un carácter que llenaba cualquier lugar: firme, determinada, protectora y altruista. Una mujer que sabía luchar y también cuidar.
Nació en el campo, en Mercedes Norte de Puriscal, en 1924. Octava hija de una familia campesina. Su niñez estuvo marcada por el trabajo duro en el trapiche, el tabaco, el café y el cuidado de animales. En su casa se aprendía trabajando. A la escuela se iba apenas lo justo, ya que en esos tiempos la enseñanza rural rara vez pasaba de tercer grado. Pintar y dibujar eran su refugio secreto.
Porque sí, pintaba desde chiquita. Pero, para su padre, don Salomón, aquello no era visto como algo prioritario. Así que ella lo hacía a escondidas, como quien guarda una joya frágil en cuadernos viejos, en servilletas, en cualquier rinconcito donde cupiera un trazo. Nadie pudo detenerla.
Mami Nelly fue de todo: madre, abuela, escritora, activista, oradora, política de comunidad, administradora de Correos, trabajadora social voluntaria, entrevistada en medios de comunicación, mujer de agenda llena, en fin, una patriota útil, como se autodenominó. Tenía un territorio inviolable: el tiempo con su familia, ese lugarcito sagrado para nosotros. Allí nos enseñaba a pintar, a dibujar y nos preguntaba cosas importantes, como si fuéramos grandes. Nos trataba con respeto, sabiendo que lo que uno vive de niño se queda para siempre.
A todos los niños de la familia nos enseñó a dibujar una paloma. Viéndolo hoy, no era solo un dibujo; era un acto simbólico. En cada ala enseñada, nos estaba diciendo que teníamos derecho a volar. Ningún nieto, bisnieto ni el único tataranieto que conoció escaparon de eso. “Vea, así se empieza el ala...”, decía, y se sentaba a nuestro lado como si el mundo entero esperara. Y quizás sí lo hacía, pero ella no corría para nadie. Primero, los niños y sus palomas. Sus regalos eran lápices de colores, acuarelas, papel; siempre algo que hiciera soñar.
Y como si no le alcanzara con eso, escribió un libro llamado Timio, la historia de un niño campesino con los pies llenos de barro y el corazón limpio. Lo hizo para que supiéramos que los niños como ella, como él, como nosotros, también merecen ser tomados en cuenta. Yo siempre sentí que Timio era ella misma, narrada con disfraz.
Se empeñó en que tuviéramos una niñez más larga, más libre y más luminosa que la suya. No porque la suya hubiera sido triste; al contrario, siempre habló de su infancia con el brillo de quien sabe que, aunque estuvo llena de trabajo, también estuvo llena de encanto. Limpiar y colgar las hojas de tabaco en cuerdas largas para que se secaran con el viento, recoger los granos rojos y brillantes del café, mientras escuchaba el canto de los pájaros y el murmullo de las matas mecidas por la brisa, ver cómo la caña recién cortada se convertía en un chorro dulce que corría por canales de madera... Aprendía con manos pequeñas pero decididas, entendiendo que la vida se sostenía de esos gestos sencillos; todo eso la marcó. Sabía que el esfuerzo temprano no le robó la alegría, pero también entendía que la infancia era un tesoro breve y debía procurarse más tiempo para soñar, jugar y volar todavía más alto.
Mami Nelly murió el 9 de setiembre de 2019, un Día del Niño. Tan cruel como poético. La infancia entera la llamó de vuelta. Ese día, el mismo que tantas veces celebró con nosotros, se convirtió en nuestro último encuentro. Como si el cielo hubiera abierto la puerta para que su paloma más grande volviera a casa.
A veces, la sueño en la casa de mosaicos amarillos y negros, con aroma a café, con lápices que no se acaban, con niños en ronda, y ella, sentada al centro, paciente, enseñando una vez más a trazar un ala.
Las palomas de mami Nelly siguen volando. Vuelan en nuestros recuerdos, en las pinturas que guardo, en cada vez que me animo a dibujar, en los trazos de nuestros hijos. Vuelan en los niños que aún guardamos dentro, en las manos de quien recibe un lápiz como si fuera una llave, en cada acto de ternura que nace fuerte como ella.
Porque su herencia no fue solo cariño. Fue coraje. Fue belleza. Fue esa mezcla fantástica de mujer dura y ternura infinita. Y nos enseñó, sin decirlo, que la niñez no se pierde, que se cuida, se alimenta, se celebra y que, una vez que abrimos las alas, nadie nos las puede cerrar.
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Marinelly Montoya Vásquez es arquitecta.