Una vez al año me dejo atrapar por la vana esperanza de ganar la lotería. La época navideña siempre es propicia para recapitular sobre nuestra vida y de vez en cuando se asoma en nuestra mente la pregunta “¿qué tal si tuviera más dinero?”. Porque, después de todo, alguien tiene que ganarse el premio y no estaría mal que esta vez sea yo. Solo un pedacito haría falta para comprar por fin ese carro nuevo, para esas vacaciones soñadas que llevo tanto deseando y la casa… bueno, para la casa no alcanza un pedacito, pero con dos o tres me la juego. Con ese deseo de ganar y esas esperanzas infladas, surge la duda ordinaria sobre el número preciso (la serie nunca importa). La fecha de mi cumpleaños, la del sorteo, el número de la ficha que me tocó en el supermercado, la edad del perro multiplicada por la cantidad de cuartos en la casa, o mejor un gallo tapado.
Al final, termino comprando un montón de números, porque no hay nada que dé más cólera que salga uno en el que se haya pensado, pero que se prefirió no comprar.
También el vendedor es importante; hay que ver si parece traer suerte o todo lo contrario, y quizá si me intenta cobrar de más es porque sabe que lleva el número premiado. Qué bueno sería poder decir “deme un pedacito del que va a salir de mayor” y que realmente me lo dieran.
Conforme pasan los días, me vuelvo más realista y comprendo que posiblemente no vaya a ganar el mayor, sino el segundo premio, por lo que hago cálculos con el valor de cada premio y descubro que ya no alcanzan los pedazos que llevo para cumplir mis sueños.
La noche del sorteo es siempre de anhelo, angustia y finalmente frustración. Aunque sea terminación, siempre se pega uno algo (claro, si llevo pedacitos con todas las terminaciones posibles), pero nada que compense el gasto y la desilusión. Luego de revisar tres veces la lista de ganadores al día siguiente, doy por descartada todas las esperanzas, todas menos una: la del sorteo de consolación.