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Los tres partos de María

Usualmente se le da mayor relieve, por su gran dimensión, al nacimiento de Jesucristo

Tres fueron los partos de María Santísima, expuestos con amplitud en el Nuevo Testamento, aunque usualmente se le da mayor relieve, por su gran dimensión, al nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.

Y precisamente uno fue antes y el otro posterior al acontecimiento de Belén, donde estaba predicha la llegada del niño Jesús. Hecho expuesto anticipadamente por profetas, en documentos de larga data recogidos en las Escrituras antiguas.

El primer parto tuvo lugar en el momento del encuentro del ángel Gabriel con la jovencita María que, ante el mensaje, la buena nueva que se le daba, con simplicidad, con humildad, aceptó a plenitud la misión que se le encargaba.

En esas palabras de “que Dios haga conmigo como me has dicho” (Lucas 1:38), irrumpió en la vida de los pueblos el precristianismo, la antesala de lo que habría de venir a corto plazo, el prólogo de una historia que estaba por escribirse.

De repente, en el universo, brotó el espacio adecuado para que se diera la llegada del Mesías, el mensajero de Dios. Fue la unión de lo divino con lo humano, la edificación del escenario apropiado para que las condiciones de un hecho tan trascendental pudiera concretarse en la realidad de nuestra existencia. Fue el parto de lo posible ante lo maravilloso y lo perpetuo.

Allí, María, en silencio e incondicional obediencia, erigió el ámbito que se requería para que el Hijo de Dios viniera a nuestro mundo.

El tercer alumbramiento se dio cuando Jesús tenía unos 30 años. Ocurrió en unas nupcias muy concurridas y llenas de jolgorio.

En las bodas de Caná de Galilea, la bebida procedente de los viñedos se agotó cuando la fiesta estaba a mitad de camino. Posiblemente se acudió a María para que le hablase a su hijo, pues ya se sabía –al menos por algunos– que para Jesús no había imposibles.

“Ya no tienen vino”, dijo la dulce madre. “Mujer, ¿por qué me dices esto? Mi hora no ha llegado todavía”, respondió el Nazareno. Y María, llena de fe, con la seguridad plena puesta en su hijo, ni siquiera le insistió. Se volvió hacia a los que estaban sirviendo y les indicó: “Hagan todo lo que él les diga” (San Juan 2:1-5).

En esa frase bendita, se produjo inmediatamente el tercer parto de María Santísima, pues fue a partir de la conversión del agua en vino, en las bodas de Caná, que Jesucristo dio inicio a su ministerio, su prédica llena de luz y amor, la ejecución de la faena para la cual vino a este mundo.

Este fue el banderazo de salida de su misión espiritual. Tres momentos gloriosos, tres alumbramientos de María Santísima, tres partos que ataron, indisolublemente, la eternidad con lo temporal, lo divino con lo humano, y con los cuales el cristianismo emprendió, inexorablemente, su marcha sin fin.

El autor es periodista.