
Familia: sentido de pertenencia.
Familia: Grupo de personas vinculadas por relaciones de matrimonio, parentesco, convivencia o afinidad.
No sé, las definiciones pueden ser muchas, variopintas y sorprendentes. Pero hay un vínculo que, para mí, resulta asombroso, que desafía las leyes de la genética y que me dibuja una sonrisa en la cara que tarda un promedio de 12 horas en borrarse.
En la vorágine que representa salir de casa a cualquier diligencia y a cualquier hora y adentrarse en esa guerra vehicular que se ha desatado en nuestras calles, en vano funcionan las rutas alternas, los trechos y atajos.
Hay un punto en que solo nos queda detener el carro y esperar a que el nudo se deshaga para poder avanzar uno o dos metros de acuerdo con la hora pico, que cada vez es más extendida y tormentosa.
Y, en ese momento, la vida me regala estampas que agradezco y atesoro.
Solo tengo que ponerme en modo “vea”, “no se lo pierda”, “esto es para siempre”... y comienza la magia.
Muchas veces me toca transitar por esos barrios que se van tejiendo en una enorme pendiente, donde las casitas se sostienen pegadas unas a otras para no irse al barranco.
De un lado, una panadería, el floreciente abastecedor repleto de rótulos que anuncia promociones que no lo son en realidad, una barbería, una taquería, alguien que hace manicure, un bazar y, por supuesto, la iglesia y la escuela.
Si voy temprano, antes de las siete, una fila de niños con atuendo blanquiazul sube la cuesta con sus mamás, abuelas en pijama o la vecina que se ofreció a cuidarlos a todos desde sus casas hasta la puerta del aula. Por lo general, son mujeres y, eventualmente, papás o abuelos.
Si regreso a eso de mediodía, los veré de nuevo. Ya los chiquillos con las faldas afuera, bultos medio abiertos, comiéndose un granizado aunque sea hora de almuerzo. Sus acompañantes vendrán más despacio, tal vez con una bolsa que complemente las viandas en la mesa.
Pero, en ambos casos, hay unos personajes que nunca y por nada me pierdo.
Temprano, acompañan a la caravana en silencio. Van apurados. Se adelantan y regresan como diciendo: “¡Apúrenle, ya casi suena la campana!”.
Si es más tarde, los veré de regreso, aprovechando el caldillo que se cae del copo para aplacar su sed, y entonces, como los niños ya están libres, ellos también van haciendo mil cabriolas y fiestas, porque llega la tarde para vagabundear allá en la casa, “donde estamos seguros y nada nos pasa”, en buena teoría.
Si es a la hora en que el sol se echa un bostezo, los veré como centinelas, atentos, juiciosos, listos, a defender a su manada por encima de su propia vida, como tiene que ser, cuando uno pertenece y se siente “parte de”.
Su lealtad es incuestionable. Su entusiasmo desata las envidias más primitivas. Su felicidad de ser parte de la familia debería ponernos a todos las barbas en remojo y hacernos recordar que la vida en común, donde todos y cada uno aporta lo que le toca, es un privilegio.
Sí, por supuesto. Hablo de los perros. Perros de todos los colores y tamaños, sin raza a la vista, híbridos hasta desafiar las leyes de Mendel, que, al ladrar, advertir y acompañar, me recuerdan que todo es más llevadero si se tiene un amigo que solo nos camine al lado sin condiciones, sin preguntas, solo por la gana de ser familia, aunque ningún documento membretado o abogado así lo certifique.
El único sello posible es el que llevan estampado en el corazón, con nuestro nombre, así no más, sin apellido ni linaje.
paradigma@ice.co.cr
Ana Coralia Fernández es periodista y narradora oral.
