Decía en mi tesis de Maestría en Criminología en 1989, sobre la Historia de la prisión en Costa Rica, que nuestro sistema penitenciario es una crónica de propuestas y fracasos. A lo mejor, en razón de la esencia misma de la cárcel, en tanto instrumento humano represivo-sancionatorio, que se proclama como elemento central, en la resolución de conflictos sociales, que son mucho más complejos, que esta institución. Recordemos que la humanidad no siempre ha utilizado la cárcel. Esta no es intrínseca a la condición humana. Pero nos hemos aferrado a ella al punto de perder su dimensión de construcción histórica.
Se pretendió en esa oportunidad, con gran rigor académico, evaluar lo que era uno de los modelos penitenciarios más exitosos y reconocidos de América Latina y se señalaban los riesgos, y limitaciones del modelo que, con tanto costo, habíamos alcanzado.
Veinte años después, nos encontramos en uno de esos ciclos recurrentes de “fracasos”. Es claro que el diagnóstico actual, bastante difundido ante la opinión pública, apunta a un modelo colapsado. Hoy nadie podría sentirse orgulloso de nuestro sistema penitenciario. Por el contrario, incluidas las autoridades, con gran seriedad, señalan una crisis de vastas proporciones.
Actitudes primitivas. El tema de la cárcel y la privación de la libertad, junto con el resto de los temas de seguridad ciudadana, lamentablemente, despiertan en los seres humanos un gran morbo, y a menudo, consciente o inconscientemente, los peores sentimientos y actitudes, más primitivas, de la condición humana. De ahí que su abordaje sea complejo. Deslindarlo de su condición de instrumento de proyección de fantasías colectivas, hace difícil el juicio reposado y científico que requiere. La seguridad e inseguridad es el elemento por excelencia de la construcción del sujeto sano y de la sociedad integrada y solidaria. Y la cárcel es el depositario del sentimiento de que los “malos” están en otra parte, junto con todos los sentimientos primarios de venganza social.
Se añade a esto un nuevo y poderoso elemento, cual es la “moda” de abordar estos temas y en general los temas de la vida pública, desde el “escándalo” construido sobre apreciaciones ligeras, a menudo falsas, o sobre acusaciones personales, con claras intenciones de lograr notoriedad, réditos personales y presentarse como salvadores y defensores de moralidad.
Sin embargo, frente a este panorama que parece desalentador y con el reposo que dan los años de un optimismo bien informado, es claro que la vida es un poco eso, no desistir en el intento de seguir construyendo nuevos ciclos de éxito, en todos los campos, en particular en este, que es tan sensible a la vida colectiva. Aun cuando sabemos que los logros humanos no son para siempre.
La pena privativa de la libertad es un acto extremo de violencia legítima que ejerce el Estado sobre lo más personal de nuestro ser, el “cuerpo del condenado”, que tiene implicaciones en diversos campos de la vida de la persona, que se ve sometida a una condición extrema de ejercicio de poder, como en pocas condiciones humanas, que es “administrada” por operadores humanos. Esto hace que sea siempre una situación de extrema fricción y de gran vulnerabilidad que involucra a todos los actores de ese extremo ejercicio de poder.
Elementos esenciales. Esta premisa de partida, junto con la experiencia penitenciaria y la observación de los fenómenos, nos indica que el Sistema Penitenciario debe contar con cuatro elementos para su adecuado o al menos aceptable funcionamiento. Estos son: un modelo conceptual y operativo, una infraestructura acorde con los objetivos que se pretendan (que son más que el depósito de seres humanos), una capacitación y permanente investigación y producción de conocimiento penitenciario y la integración adecuada en el sistema de justicia penal: entiéndase, lo policial, lo judicial y lo penitenciario y en una propuesta integral de política criminal.
Una rápida revisión de estos cuatro campos nos dejan, a pesar los esfuerzos hechos, en deuda. No se trata solo de construir más cárceles si no se sabe para qué, y no es suficiente un empréstito si no tenemos un financiamiento permanente para el futuro.
Sin duda, urge crear un nuevo modelo y reforma penitenciaria en Costa Rica, en la que ojalá se tomen en cuenta los pilares fundamentales.