
Un sistema de gobierno y la visión ideológica que orienta al país son similares, en muchos sentidos, a una cadena. Cada eslabón sostiene a los demás y depende de ellos. Cuando uno falta o se debilita, toda la estructura corre peligro, porque se interrumpe el sostén y la fuerza que surge de la interacción entre sus partes. No se trata de teorías abstractas, sino de los compromisos, principios y conductas que hacen posible la convivencia. Algunos de esos elementos son visibles; otros, como la confianza, la legitimidad y el respeto mutuo, son intangibles y solo existen cuando todos los eslabones están presentes.
El fútbol ofrece un ejemplo claro. Jugadores, entrenadores, árbitros y aficionados aceptan un conjunto de reglas que hacen posible el juego. Sin ese compromiso común, el juego fracasaría. La democracia funciona de manera semejante. Es una cadena de principios, responsabilidades y objetivos compartidos. La integran los partidos políticos, los gobernantes, los funcionarios públicos y los ciudadanos. Pero también está compuesta por principios que, a menudo, son más importantes que quienes ocupan temporalmente los cargos públicos.
Vivimos una época en la que, en numerosos países, observamos un liderazgo que parece privilegiar la acumulación del poder sobre los valores democráticos. Por eso, cuando la conquista o la conservación del poder se convierte, en todo el mundo, en una obsesión, una sociedad democrática debe ser especialmente vigilante en la defensa de sus instituciones. Sí, las democracias necesitan reformarse y adaptarse a los nuevos tiempos, pero esas reformas deben fortalecer la cadena, no debilitarla.
Su primer eslabón es la libertad. Es la condición indispensable para la existencia misma de la democracia; sin ella, no hay democracia posible. De ella surge el segundo gran eslabón, el menos reconocido: la responsabilidad. Ambas son inseparables. La libertad solo puede florecer cuando quienes la disfrutan asumen la responsabilidad de sus decisiones y de los límites de sus actos. Ser libre implica respetar los derechos ajenos para preservar las mismas libertades que exigimos para nosotros.
Para los creyentes, esta relación aparece desde los primeros relatos bíblicos, cuando Dios deja en manos de los seres humanos la capacidad de elegir entre el bien y el mal. Toda libertad lleva consigo la responsabilidad por las consecuencias de cada decisión.
En una democracia ocurre algo similar. Los ciudadanos permanecemos libres mientras actuemos dentro del marco de las leyes que hemos construido colectivamente. No necesitamos que una autoridad nos dicte cada pensamiento o cada decisión. Pero, cuando nuestras acciones perjudican a otros o vulneran las normas que protegen a la sociedad, incumplimos el pacto democrático que nos mantiene unidos y libres.
El sistema electoral constituye otro eslabón fundamental, pues permite elegir libremente a quienes nos gobiernan. Esa libertad y esa responsabilidad deben resguardarse como un tesoro. Sin embargo, sería un grave error reducir la democracia únicamente al acto de votar. La democracia es mucho más que las elecciones. Sus otros eslabones son igualmente esenciales y deben protegerse a diario.
Entre los eslabones más valiosos destaca la justicia. Un sistema judicial independiente, imparcial y accesible es una condición indispensable para la libertad. Sin justicia, la democracia termina por convertirse en una simple apariencia.
Así, uno de los mayores desafíos contemporáneos es también la lucha contra el crimen organizado. Combatir estas amenazas es una obligación del Estado, pero no debe significar el sacrificio de los derechos fundamentales ni de la dignidad humana. Tanto en el combate contra el crimen y la corrupción como en el logro de la eficiencia estatal y el funcionamiento del Estado, es crucial la separación de poderes y la existencia de contrapesos institucionales. Estos elementos marcan la diferencia entre una democracia auténtica y una mera simulación, como vemos tan a menudo en todo el mundo.
La educación es otro eslabón crítico. Su misión no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino también en formar ciudadanos capaces de comprender el valor de la libertad, la responsabilidad y el respeto por las instituciones democráticas. Solo así las nuevas generaciones entenderán que ninguno de estos principios puede sobrevivir aislado. ¿Lo estamos haciendo?
De nuevo, la democracia es una cadena virtuosa y su fortaleza no depende de un solo eslabón, sino de la integración de todos. Cuando protegemos la libertad, fortalecemos la responsabilidad; cuando fortalecemos la responsabilidad, protegemos la justicia; cuando protegemos la justicia, consolidamos la confianza. Y cuando existe confianza, la democracia puede prosperar.
Hay una frase de Jean-Paul Sartre que lo resume todo: “El hombre nace libre, responsable y sin excusas”. Quizá ese sea el mayor desafío de nuestro tiempo: proteger cada eslabón de la cadena democrática para que las próximas generaciones puedan seguir viviendo… “como en Costa Rica”.
Luis Gabriel Castro se desenvuelve en el área de Comunicación Estratégica y Publicidad.