
Si alguien hubiera hecho, en frío, los números del concierto de nuestros 15 años antes de que ocurriera, probablemente habría recomendado no hacerlo. Solo el rubro de sonido, para un escenario de la envergadura de Parque Viva, no bajaba de $50.000.
Necesitábamos una consola de mezcla de gran formato FOH capaz de recibir 500 líneas para integrar cientos de instrumentos, micrófonos y luces al mismo tiempo, lo que, de entrada, era algo fuera de serie para una fundación como la nuestra. Con costos, tenemos un parlantito y un micrófono en nuestras instalaciones.
Teníamos cuatro semanas de convocatoria formal y apenas dos ensayos generales para lograr que más de 230 personas –de edades, niveles y trayectorias musicales completamente distintas– sonaran como una sola orquesta capaz de acompañar a artistas de calidad internacional.
Cualquier planificador de eventos, cualquier persona con una calculadora y sentido común, habría dicho que la ecuación no cerraba.
Y no cerró, en efecto, varias veces. La víspera del concierto descubrimos que las 500 líneas no alcanzaban: se necesitaban 120 más. El presupuesto de sonido seguía siendo, sobre el papel, una cifra que no teníamos. Tampoco teníamos las pantallas gigantes usuales para estos eventos, y aunque las consiguiéramos, no había qué proyectar sobre ellas porque no teníamos expertos ni equipo en circuito cerrado de televisión.
Igualmente, carecíamos del transporte para trasladar a los 200 artistas (niños, jóvenes y adultos mayores) desde La Carpio, Birrí y San Diego hasta Parque Viva; no teníamos insumos para el hospitality acostumbrado detrás del escenario…
Y, aun así, uno por uno, cada obstáculo técnico se fue resolviendo hasta que, sumados todos, el resultado terminó siendo realmente desproporcionado en relación con lo que nosotros mismos habíamos previsto.

ACME donó el sonido. Conseguimos las pantallas, a los técnicos de circuito cerrado de televisión, los instrumentos faltantes, la exoneración del impuesto municipal por parte de la Municipalidad de Alajuela, 23 vallas de carretera donadas para difundir el proyecto y la aprobación misma de Parque Viva para cedernos, de cortesía, uno de los escenarios más grandes y mejor equipados del país.
Fotón nos cedió dos busetas para el transporte durante dos días; muchas empresas y personas donaron la alimentación. Cada uno de estos rubros, por separado, habría sido motivo suficiente para que el concierto no se realizara. Juntos, bajo cualquier pronóstico técnico razonable, hacían que todo esto fuera increíble, inaudito, impensable. Y, sin embargo, se logró, y se logró con creces.
Si a Sifais le hubieran cobrado absolutamente todo lo que ese concierto representó, la factura habría rondado los $395.000. A nosotros nos costó, en números reales, apenas $20.000.
Ninguna hoja de cálculo predice esa diferencia. Solo la explica algo que no cabe en una hoja de cálculo: la generosidad, sostenida y repetida, de decenas de personas y empresas que decidieron sumar.
Ese mismo desafío al pronóstico razonable atraviesa, en realidad, toda la historia de Sifais; no solo este concierto.
Cuando una vecina de La Carpio me planteó, por primera vez, la idea de crear una orquesta sinfónica en esa comunidad, hace 15 años, a mí misma me sonaba a una locura tan grande como pensar en levantar un edificio de madera de cuatro pisos, con un sistema estructural inédito a nivel mundial, en un precario donde lo que faltaba, precisamente, era espacio.
Y todo, sin dinero y sin experiencia previa en nada de esto. La Cueva del Sapo, en La Carpio, era, para buena parte del país, un lugar temido incluso por sus propios vecinos, un barrio del que la gente prefería mantenerse lejos. En ese mismo espacio hoy se levanta Cuevadeluz, un centro de integración y cultura. Ese cambio tampoco lo predijo ningún pronóstico técnico.
El salto hasta Parque Viva nació también de una circunstancia adversa. En el concierto que hicimos en junio del año pasado en el Melico Salazar, las limitaciones propias del recinto no nos permitieron compartir del todo el mensaje de Sifais. En vez de resignarnos, la respuesta fue plantear una meta que en ese momento sonaba casi absurda: el año entrante, lo hacemos en Parque Viva. Fue, literalmente, como decir “el año que viene vamos a la Luna”. Y 14 meses después, ahí estábamos.
Ese mismo patrón se repite, historia tras historia, en las personas que hicieron posible esta noche.
Pienso en Paola, que de niña jugaba con objetos que encontraba en un basurero y los convertía en juguetes, y que hoy es la primera mujer en haber hecho tramoya en el Teatro Nacional de Costa Rica.
Pienso en Sara, que tuvo que reconstruir su vocación artística después de que la organización social donde trabajaba en su país tuviera que cerrar operaciones por el cierre de espacios para las ONG, y que hoy dirige a todo nuestro equipo de profesores de cuerdas.
Pienso también en el violinista de 65 años que, aunque no sabe leer ni escribir, decidió aprender a leer música.
En los adultos mayores de Birrí que llevan apenas año y medio tocando; en doña Alba, que participa cada semana en los diversos talleres, trasladándose desde Tibás hasta La Carpio. O en los jóvenes que viajan desde otra provincia porque en la suya no encuentran un espacio así. Ninguna de esas historias estaba en el pronóstico. Todas terminaron sobre ese escenario.
Jaime Gamboa, de Malpaís, lo resumió en una conversación durante los ensayos: dijo que, sin duda, allí en Cuevadeluz se evidencia que el arte transforma, que llega al corazón de la gente y que puede ayudar a sacar adelante a un país entero.
Yo agregaría que el arte, cuando se practica así, también es capaz de derrotar el cálculo. Porque en Sifais siempre hemos sostenido un principio muy simple: todos tienen acogida, sin importar su pasado, sus credos, su edad, su condición socioeconómica o su nacionalidad.
Tenemos, entre nuestra gente, desde quien no sabe leer hasta quien tiene un doctorado de Oxford. Ese principio, que en el papel también podría sonar poco práctico, es precisamente lo que ha sostenido 15 años de resultados que ningún pronóstico técnico habría anticipado.
Al final, la matemática nunca cambió ni cambiará. Los números seguían siendo los mismos: difíciles, ajustados, casi imposibles. Lo que cambia el resultado no fue una fórmula distinta, sino la insistencia de mucha gente en poner, una y otra vez, lo humano por encima de lo calculable.
Esa es, para mí, la lección más honesta de estos 15 años de Sifais y de esta noche en particular: los pronósticos técnicos y matemáticos pueden decir que algo no es posible. El humanismo, cuando se sostiene con confianza, constancia, locura y ternura, tiene la costumbre de demostrar que sí lo es.
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Maris Stella Fernández Brenes es la presidenta de la Fundación Sifais.