
Kuma es la mayor de nuestros tres gatos; tiene unos quince años y vivió en la calle antes de elegirnos. Por las tardes duerme largas siestas que reparte entre la silla junto a la ventana, el jardín del frente y el sillón amarillo, a pocos centímetros de mi computadora.
Hoy descansa a mi lado mientras intento escribir. Su respiración tiene un ritmo lento y preciso, acompasado con la música densa del aguacero.
Recuerdo un cuento de Ursula K. Le Guin en el que un gato dormido imagina un mundo donde llueven ratones. La imagen es entrañable, aunque probablemente Kuma encontraría ese sueño demasiado soso. Demasiado seco.
En la tarde tropical de Kuma llueve de verdad. Llueven hojas, frutas de güitite y grandes gotas que dibujan círculos en los charcos, diagonales sobre el vidrio y espirales que el viento deshace y recompone.
Durante su vigilia, los ojos de Kuma siguen ese orden incomprensible, como si conociera la matemática de la lluvia. Como si en lugar de un aguacero contemplara un lenguaje.
Observo su cola extendida sobre el borde del sillón. La curva del lomo. El óvalo que dibujan sus patas traseras. Las orejas triangulares, en posición de alerta. No hay duda: Kuma sueña en clave geométrica.
Según diversos estudios, los gatos atraviesan fases de sueño similares a las nuestras. Cuando sueñan, recrean escenas de su vida cotidiana: cazan, juegan, exploran y recorren sus lugares habituales.
La ciencia intenta explicar esos sueños. Los antiguos egipcios preferían imaginarlos. Para ellos, el gato caminaba de noche sobre la frontera que separa a los mortales de los dioses.
Pienso que ambas versiones pueden convivir. Al fin y al cabo nadie podría asegurar qué ocurre detrás de los ojos cerrados de un gato.
Imagino el sueño de Kuma en la recámara del faraón. La noche pesa sobre los jeroglíficos y el aire conserva el olor del incienso y la mirra. Una franja de luz divide la habitación en dos triángulos perfectos.
Kuma recorre el borde de la cama como si leyera un mapa oculto en los mosaicos. A cada paso, los círculos solares, las estrellas y las espirales del piso parecen reordenarse bajo su cuerpo.
El faraón duerme inquieto. Kuma se acurruca exactamente sobre el lugar donde nace su dolor, y ronronea. El sonido se expande por la habitación en ondas regulares. Las sombras que aguardaban en las esquinas se desvanecen.
Al amanecer, el faraón tendrá la sensación de haber sido protegido por un espíritu silencioso, tan antiguo como el desierto.
O tal vez ocurre al revés. Tal vez soy yo quien existe dentro del sueño de Kuma y el escritorio, la pantalla, el artículo que intento escribir y la lluvia detrás de la ventana forman parte de una ficción que crece dentro de la siesta.
Observo a Kuma sobre el sillón amarillo. En la serenidad de su sueño descubro una forma distinta de conocimiento, sosegada, austera. Recuerdo además un cuadro de Franz Marc. En él también hay un gato dormido, recogido sobre su propio cuerpo en un cojín amarillo, como una llama silenciosa.
Marc pintó gatos, caballos, zorros, perros y ciervos. Con frecuencia los llenó de color y los retrató descansando, ajenos al ruido del mundo. Siempre me intrigó esa imagen repetida, tal vez porque los animales dormidos habitan una región inaccesible para nosotros. Un territorio donde la vida recupera algo de su forma original.
Marc murió a los treinta y seis años, durante la Primera Guerra Mundial. Cuesta ver sus cuadros sin imaginar que, mientras corría hacia las trincheras, seguía soñando ciervos rojos, caballos azules y gatos amarillos.
Tal vez pintaba animales dormidos porque percibía en ellos una forma de armonía constantemente amenazada. Porque mientras duermen custodian algo que hemos perdido. Una antigua serenidad. Una forma elemental de estar vivos.
Cuando un animal duerme a nuestro lado desaparecen por un momento las urgencias del mundo. Ya no persigue, no huye ni vigila. Ya no esperamos nada de él, ni él espera nada de nosotros. Durante un instante, nosotros también dejamos de perseguir, de huir y de vigilar. Solo queda esa forma de estar, completa y silenciosa.
Al ver dormir a Kuma descubro sobre qué, o más bien sobre quién, me gustaría escribir. Descubro también por qué.
Después de miles de años de convivencia, seguimos sin entender del todo qué ocurre detrás de los ojos de los animales dormidos. Tal vez ahí se esconda parte de su belleza: siguen resguardando, al margen de nuestras dudas y preocupaciones, una pequeña porción del misterio del mundo.
jurgenurena@yahoo.com
Jurgen Ureña es cineasta.
