
La música nos acompaña prácticamente desde que llegamos al mundo. Está en la voz de una madre que canta para calmar a su bebé, en las canciones de nuestra infancia, en el primer amor, en las celebraciones y también en las despedidas. Hay canciones que nos alegran y otras que todavía nos cuesta escuchar porque nos llevan inmediatamente a una persona o a un momento de nuestra vida.
Tal vez por eso, después de vivir hace pocos días mis primeros Premios ACAM como presidente, no pude evitar recordar mi propia historia con esta organización.
En 2008 participé en los Premios ACAM con un disco de música original muy especial para mí, Como Podrás, y tuve la enorme satisfacción de recibir el reconocimiento como Compositor/Autor del Año en Música Pop.
Sin embargo, aun después de recibir ese premio, durante varios años seguí siendo bastante crítico de ACAM. Tenía muchas dudas sobre su funcionamiento, la gestión colectiva y el derecho de autor.
En 2010, mientras trabajábamos en la producción del disco Encuentro, junto al maestro Armando Manzanero, me senté a tomar un café con mi buen amigo Luis Monge, entonces presidente de ACAM, y con don Armando, quien en ese momento era vicepresidente de la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM).
Llegué con muchas preguntas y también con muchas críticas. Aquella conversación terminó siendo un punto de inflexión en mi vida.
Entre Luis y don Armando, me explicaron cómo funcionaba realmente la gestión colectiva: qué significa la comunicación pública de una obra cuando existe un uso comercial, cómo las sociedades de autores representan sus repertorios en todo el mundo y cómo funciona ese enorme ecosistema internacional que permite que un compositor pueda recibir una remuneración cuando su música es utilizada incluso lejos de su propio país.

También comprendí la enorme asimetría que existe en Costa Rica entre el uso de música internacional y música nacional, y las implicaciones que eso tiene para nuestros creadores.
Salí de aquel café reconociendo algo que hoy puedo decir con absoluta tranquilidad: había sido muy crítico de algo que, en realidad, conocía muy poco.
Eso no significa que las instituciones no deban ser cuestionadas. Todo lo contrario. Preguntar, exigir transparencia y señalar lo que puede mejorarse es indispensable. Pero también aprendí que antes de juzgar un sistema, hay que procurar comprenderlo.
Luis me invitó a involucrarme en ACAM. Años después, ocupé la vicepresidencia, entre 2014 y 2017. Si aquella conversación no hubiera ocurrido, probablemente hoy seguiría viendo la gestión colectiva desde fuera y, con toda seguridad, mi camino hasta la presidencia de ACAM habría sido muy distinto.
Por eso, al observar desde el escenario a tantos autores y compositores durante los premios de este año, pensé en la enorme responsabilidad que tenemos. Detrás de cada canción que sentimos nuestra, hubo primero alguien que la imaginó, la escribió y la hizo posible.
En los últimos meses, se ha hablado mucho sobre ACAM y el derecho de autor. Me parece saludable. ACAM debe escuchar, explicar, mejorar y ser cada vez más transparente. Mi propia historia dentro de la organización comenzó precisamente haciendo preguntas.
Pero una cosa es discutir cómo funciona ACAM y otra muy distinta es cuestionar el derecho de los autores a recibir una remuneración por la utilización de sus obras. El derecho de autor no pertenece a ACAM. Pertenece a los creadores.
La música es intangible, pero tiene valor. Está en restaurantes, hoteles, comercios, emisoras, conciertos, plataformas y eventos porque crea ambientes, despierta emociones y transforma experiencias. Si una obra agrega valor a una actividad comercial, es razonable que una parte de ese valor llegue también a quien la creó.
Y esto va mucho más allá de la música. Los países más desarrollados entendieron hace mucho tiempo el valor de las ideas, las invenciones y la creatividad. No es casualidad que muchas de las sociedades con sistemas sólidos de propiedad intelectual sean también protagonistas de la innovación, la tecnología y las industrias creativas.
Una patente protege una invención y el derecho de autor protege una creación. Son figuras distintas, pero parten de una idea común: si queremos que las personas sigan creando e innovando, debemos reconocer valor a lo que producen con su intelecto.
Costa Rica quiere ser un país de innovación, conocimiento y economía creativa. Para lograrlo, necesitamos también una verdadera cultura de respeto por la propiedad intelectual.
Hoy, después de haber sido compositor premiado, crítico de ACAM, vicepresidente y ahora presidente, tengo mucho más claro algo que en 2008 probablemente no comprendía con la misma profundidad: defender el derecho de autor es defender el valor de crear.
La música nos acompaña desde que somos bebés indefensos hasta nuestros últimos días. Las canciones que hoy forman parte de nuestra vida alguna vez fueron solamente una idea en la mente de alguien. Y las que acompañarán la vida de nuestros hijos y nuestros nietos todavía están por escribirse.
arnoldo@entretenimientouniversal.com
Arnoldo Castillo Villalobos es el presidente de ACAM.
