Con la polémica sobre el Estado Laico en los últimos días, se ha citado frecuentemente el texto evangélico “ Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios ”, para argumentar la separación de los campos político y religioso. Pero una simple mirada al relato en los tres evangelios en los que está presente, nos basta para descubrir que Jesús tenía un objetivo muy distinto.
La narración se encuadra dentro de un conjunto de polémicas en el Templo de Jerusalén que se suceden teniendo a Jesús como el blanco de ataque de distintas facciones religiosas judías. Todos los evangelios coinciden que la pretensión de los adversarios del profeta de Nazaret era atraparlo con sus palabras . Es decir, poner en evidencia sus pretensiones políticas antirromanas.
Los interlocutores de Jesús varían en los textos: los Fariseos deciden enviar a algunos de sus discípulos junto con los herodianos para preguntarle (Mt); los Sumos Sacerdotes, escribas y ancianos mandan a algunos fariseos y herodianos (Mc); o bien, mandan algunos espías que se hicieron pasar por hombres justos (Lc). Se trata de grupos de poder religioso de las altas élites de Jerusalén, que se encuentran en un acuerdo con los que apoyaban a Herodes. La pregunta propuesta se enmascara de curiosidad religiosa: ¿cómo se debe interpretar la ley en relación al impuesto del César? ¿Es lícito pagarlo o no? Recordemos que esa ley era para un judío de la época la Torah, el código legal que Dios dio a Moisés en el Sinaí.
Pregunta de Jesús. Jesús solicita a sus oponentes la moneda del impuesto (Mt), todos los evangelistas coinciden en que le presentan un denario. La pregunta de Jesús sobre la efigie y la inscripción no son fortuitas. La imagen del emperador Tiberio en la moneda iba acompañada de una declaración de su divinidad (Tiberius Caesar Divi Augusti Filius Augustus). La denuncia es obvia, los pretendidos hombres religiosos tenían en su poder una imagen idolátrica en el mismo templo de Jerusalén. Por otro lado, si la moneda tiene estampado la imagen y el nombre del César, lo lógico es que le pertenezca a él. Pero, ¿qué le pertenece a Dios?
El eje central del Antiguo Testamento es que Dios ha hecho a Israel el pueblo de su propiedad y, al mismo tiempo, él se ha hecho el Dios de ese pueblo. Por tanto, Dios es el objeto de la acción de poseer de la que es sujeto Israel. No se trata de tener derechos de propiedad sobre Dios, sino que estamos delante de una metáfora para hablar de la relación que existe entre ambos. Israel no se entiende como pueblo si no es con Dios, por eso, su mayor preocupación debe ser orientarse hacia él. Jesús deja al descubierto el juego político de las autoridades religiosas, que son capaces de concertar intereses con el mismo Imperio Romano, a fin de conservar su posición de poder. No han engañado al profeta las bajas intenciones de los que le preguntan.
Dos relatos afirman que Jesús consideraba las pretensiones de sus oponentes como upokrisis (Mt y Mc), pero nuestro término “hipocresía” no rinde suficiente cuenta del griego neotestamentario que se refiere más bien al carácter impío de aquellas personas que no se dejan guiar por Dios. Lucas prefiere describir la acción como panourgia (astucia, artimaña, engaño). Se hacen pasar por justos, por hombres de fe, pero su intención es totalmente otra: quieren acabar con aquel que ha puesto al descubierto sus verdaderas motivaciones.
Un camino distinto. Lo que interesaba a Jesús, es que el pueblo fuese de Dios. Es obvio que se refiere a los orígenes mismos de la fe del Éxodo: la liberación de los falsos dioses representados en la figura del Faraón, una divinidad política. El César también tenía la pretensión de ser considerado un dios, pero el Antiguo Testamento nos narra que Dios escuchaba el clamor de su pueblo oprimido en Egipto. El Dios de Israel baja para invitar a arriesgarse, para vivir según una libertad que no está sujeta a los estrechos cánones del interés egoísta de dominio. La sentencia que tanto Mateo como Marcos ponen en labios de Jesús unos pocos versículos más adelante, “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, señala un derrotero ético de enormes consecuencias personales. Es lógico que también esto tenga implicaciones políticas. Ser de Dios significa asumir esas consecuencias e implicaciones como el horizonte último de nuestra existencia.
Claro está, asumir esto en el mundo moderno no implica hacerlo una “ley”, como si se pudiera encajonar en un código la coherencia que exige un firme convencimiento ético. Significa ir más allá, atreviéndose a descubrir un camino distinto que conduce a una tierra nueva, ofrecida por un Dios enteramente comprometido con los suyos hasta el extremo de morir por ellos. La pregunta que se sigue lógicamente es si nosotros queremos recorrerlo.