Fernando Jiménez C.. 28 febrero

Fueron cuatro los muertos. Uno, dos, tres, cuatro. Lenín, Pablo, Mario y Lucía. Un chofer borracho. Demasiado borracho. Por encima de todos los límites. De todos los ciclistas. Arriba de todos sus cuerpos. En un lugar de un pequeño país muy lleno de leyes. El nuestro. De leyes torcidas en exceso. En un país de moral cuestionable, difusa y confusa.

¿Qué diferencia a un chofer borracho que mata a cuatro personas al conducir a alta velocidad por las calles de nuestro país, después de una noche de fiesta, de un ladrón que, asaltando un banco o una casa, asesina también a cuatro personas? El ladrón va a la cárcel. No hay duda.

Nadie cuestionaría lo fundamental: debe pagar por cada uno de los cuatro muertos. Punto final. Argumento sólido. Como un muro. Con el chofer borracho es diferente. Muy diferente porque depende. Depende de si tiene dinero y puede conciliar. Depende de si tiene abogados que logren asustar a las familias que perdieron a sus seres queridos y su sustento. Pero, sobre todo, y de lo que finalmente depende, es del precio que se le ponga a cada uno de los muertos.

Sucede en nuestras narices y es sumamente triste. Sucede porque hay puertas abiertas para que los borrachos pongan precio a sus muertos. Sean ciclistas. Sean niños. O usted o yo. Sucede, pero no debería. Es inmoral. Deberíamos decir “ya basta”. Deberíamos dejar de permitir que en nuestra sociedad y ante nuestras leyes desaparezcan los muertos. Porque eran cuatro. Siempre fueron cuatro. Lenín, Pablo, Mario y Lucía.

Seres excepcionales. Pero del oscurantismo y las noticias entristecedoras surgen llenos de luz Jenaro y Clara. Los personajes más sobresalientes de esta historia. Dos adultos mayores que decidieron no aceptar un acuerdo económico y confiar en la justicia.

Para ellos, todo mi respeto, admiración y, sobre todo, agradecimiento porque no son solo los papás de Lucía. Son también los papás de Esperanza. Mi Esperanza. Nuestra Esperanza. Esperanza de vivir en un país donde no permitamos a los borrachos poner precio a la vida de quienes se llevan por delante. Esperanza de no permitirles que se salgan con la suya. Esperanza de que algo cambie para bien. “Esto es por mi hija, el sentimiento por ella no se va a ir nunca”. No, Jenaro. No solo es por Lucía; es también por mis hijos. Se llaman Javier y Larissa.

El autor es economista.