Hace unos pocos días terminé de escribir este artículo y me disponía a enviarlo a La Nación cuando el domingo 15 de setiembre fui sorprendido por el instructivo reportaje sobre los símbolos nacionales, publicado en la Revista Dominical.
Estoy seguro de que muchos ciudadanos agradecemos la explicación sobre la diferencia entre símbolos y emblemas nacionales. También comparto el estupor por la cantidad de emblemas que, a impulsos de desfogados arrebatos, en la Asamblea Legislativa están resueltos a aprobar para atiborrar nuestro ya atestado espíritu cívico.
Es así como este año el colibrí batió velozmente las alas para convertirse en el emblema patrio número 19 (y hay siete más en lista de espera). Tal cantidad comprende, entre otros, la antorcha de la independencia, las mascaradas, los perezosos de dos y de tres dedos, el venado cola blanca y el árbol de Guanacaste.
Me desconcierta que en esta materia los congresistas aceleren el paso para conferirles tan distinguida categoría. Indudablemente lo hacen imitando el rápido aleteo de la mariposa morpho (otro emblema nacional), mientras otros proyectos de inaplazable aprobación ruedan fatigosamente o con peligro de atascarse, como nuestra emblemática carreta típica, en un trillo embarrialado.
Si además de apreciarlos ciertos personajes de nuestra política miraran con atención las características de estos, podrían imitarlos con el propósito de moderar o agregar valor a sus conductas públicas. Por ejemplo, a quienes suelen cerrar los oídos al sensato consejo de los demás les vendría bien emular una de las más desarrolladas facultades que tiene el venado cola blanca: la capacidad de escuchar.
Sus orejas actúan como un radar que capta al instante y con diáfana claridad los sonidos que provienen del exterior. Naturalmente, tan útil propiedad deriva de que su atención no está exclusivamente centrada en sí mismo ni en su entorno, como suele suceder con algunos prójimos de nuestra política, más prestos a vociferar sus egocéntricas menudencias que a escuchar siquiera una sugerencia.
También encontramos políticos que no solo son apresurados, sino irresponsablemente irreflexivos a la hora de hablar o proceder. Atronadores al alabar a sus incondicionales y a horcajadas de la intolerancia y prepotencia al condenar, más acelerados que apremiados cuando actúan, no pocas veces deben ser contenidos por la Sala Constitucional u otra instancia, mientras en su altanera irritación regurgitan un falaz alegato: que los demás no caminan con el paso macizo y resuelto con el que ellos lo hacen.
Sería conveniente que echaran una mirada a nuestro injustamente denominado perezoso. Redimámoslo: como su alimentación basada en hojas le proporciona muy poca energía y nutrientes, el juicioso mamífero debe conducirse midiendo cuidadosamente sus impulsos para no derrocharlos en movimientos precipitados y sin resultados; de tal modo que el perezoso no representa la holgazanería hecha carne y pelos, sino la antítesis de aquellos humanos que, suponiéndose expeditos, no son otra cosa que atropelladamente desordenados según el humor de sus empecinamientos.
Es indudable que los comportamientos de ciertos políticos se valorarían como auténticos y confiables si se desprendieran de las caretas detrás de las que se ocultan y dejáramos esta práctica a nuestras tradicionales mascaradas. En ellas, el disfraz esconde un rostro y un cuerpo mientras el público festeja las representaciones de la giganta y otros personajes, en tanto que, en el caso de los mencionados individuos, prevalecen la simulación, el drama de los gestos y la mudanza de máscaras según el auditorio en el que escenificarán sus actos.
Parecieran estar desarraigados de nuestro emblema nacional más enraizado: el árbol de Guanacaste, en el que la única mudanza no la dicta la duplicidad y el interesado oportunismo, sino la naturaleza en la renovación estacional de sus hojas. Si alzaran la vista hacia el más elevado emblema patrio, que son los crestones del Parque Nacional Chirripó, comprenderían que una personalidad firme y coherente se construye con los valores y principios que se encuentran en las cimas de la integridad, el respeto, la tolerancia y la imparcialidad, y no en los barrancos de la soberbia, la altivez, el desdén y la mofa vulgar y ramplona para quienes, por el pecado capital de pensar diferente, reciben el estigma de enemigos declarados.
El autor es docente jubilado.
