
Aquella mañana de hace 35 años yo salí de casa en busca de un taxi, pero lo que encontré fue mucho más que eso: un aula roja con perfume ambiental colgando del retrovisor y con “maría” (taxímetro) en la que sería testigo de una inolvidable lección de autocontrol y elegancia en el ámbito de las relaciones humanas.
En ese entonces, vivía en el residencial Alhambra, en Sabanilla de Montes de Oca, y la empresa donde trabajaba estaba ubicada en Llorente de Tibás. Como soy uno de esos extraños especímenes a los que nunca les ha llamado la atención tener carro propio, solía movilizarme en taxi.
Transcurrieron pocos minutos antes de que uno de esos vehículos se detuviera frente a mí. Lo abordé y le indiqué mi destino al chofer, un hombre de unos 50 años, amable y de conversación amena.
¿La ruta? Grosso modo: Sabanilla, la Paulina, Guadalupe, Calle Blancos… El viaje no terminó ahí, pero fue en ese lugar, justo en las inmediaciones de la empresa Control Durán, de relojes marcadores para compañías, que tuvo lugar la clase de refinamiento y grandeza.
Resulta que al desembocar en un cruce vial, un Toyota Land Cruiser estuvo a punto de chocar contra el taxi, no por culpa del taxista, sino por un descuido o un típico “quítate que voy” del otro conductor.
El taxista atinó a pitar a tiempo, sin estridencias, y ejecutar una maniobra providencial que evitó el impacto. Sin embargo, el chofer del jeep Toyota estalló en cólera. Lejos de reconocer su error o simplemente proseguir su curso, destapó la caja de Pandora de los insultos; en cuestión de pocos segundos, le gritó al taxista una sarta de improperios propios de una gradería de sol.
“Aquí se va a armar la bronca”, pensé. Afortunadamente, me equivoqué.
¿Qué sucedió? El taxista mantuvo la calma. Guardó absoluto silencio mientras era ofendido por aquel hombre de unos 40 años, pero contraatacó con altura e inteligencia en cuanto el agresor hizo una pausa. Dirigió sus palabras no contra aquel tipo tan soez y ordinario, sino hacia los dos niños con uniforme escolar que lo acompañaban en el asiento delantero del Land Cruiser.
“Niños, quiero darles un consejo: estudien mucho, prepárense muy bien, para que nunca lleguen a tener una boca tan sucia como la de su papá. Me da pena que ustedes tengan un papá tan vulgar; eviten seguir ese mal ejemplo, sean personas educadas”, les dijo.
Palabras siempre actuales…
El otro chofer se quedó sin palabras, mudo. En algún momento temí que fuera a bajarse de su vehículo y pasar a los golpes. Tampoco se movió, petrificado como la estatua de sal de la esposa de Lot (Génesis 19:26); no era para menos, los dos niños lo observaban con atención.
Los conductores de los carros de atrás comenzaron a pitar y Toyota y taxi se pusieron en marcha en direcciones diferentes.
“Jefe, permítame felicitarlo. Qué bárbaro, qué manera de mantener la calma y responder con elegancia. Estoy seguro de que ese hombre no se esperaba una reacción así. ¡Lo desarmó!”, le dije al taxista.
Evoco ese episodio cada vez que, como ciudadano, soy testigo de un acto vulgar y soez. Lamentablemente, así ocurre con mucha frecuencia; una semana sí y la otra también, me entero por los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales de los lamentables actos en los que alguna figura pública, llamada a ser un buen modelo y ejemplo, destapa la caja de Pandora de los insultos y, en cuestión de pocos segundos, descarga una sarta de improperios dignos también de una gradería de sol.
Muy triste el hecho de que los habitantes de este país, en especial los niños, tengan que ser testigos de espectáculos ordinarios que provienen de conferencias de prensa o de curules legislativas.
Para los futuros ciudadanos costarricenses son también las palabras de aquel taxista: “Niños, quiero darles un consejo: estudien mucho, prepárense muy bien, para que nunca lleguen a tener una boca tan sucia como la de... Me da pena que ustedes tengan un… tan vulgar; eviten seguir ese mal ejemplo, sean personas educadas”.
José David Guevara Muñoz es periodista.
