
Pensemos en una familia que vive en una casa con un techo que empieza a ceder. No puede arreglarlo de inmediato; debe pagar comida, recibos, transporte, estudios y medicamentos. Entonces, hace ajustes difíciles: pospone compras, compara precios y guarda poco a poco una reserva.
Desde afuera, alguien podría ver ese dinero reunido y decir que “les sobra”. Pero la familia sabe que es el resultado de sacrificios sostenidos para evitar que, cuando llegue la época de lluvias, el problema se convierta en una emergencia.
Eso ha ocurrido en la Universidad Nacional (UNA). Durante años debimos hacer algo poco visible pero esencial: ajustar gastos, contener compromisos permanentes y proteger capacidad financiera para atender necesidades que no se resuelven de un día para otro. No se trata de acumular; se trata de planificar.
La universidad pública vive en una tensión permanente. Debe responder hoy por sus estudiantes, docentes, por la investigación y las sedes regionales, pero también pensar en infraestructura, laboratorios, accesibilidad, seguridad y la tecnología que necesitará Costa Rica dentro de una década. Gastar todo suena eficiente, pero sería tan irresponsable como que una familia, por temor a “tener ahorros”, renuncie a reparar una viga o cambiar las llantas del carro.
Los datos muestran que la UNA no eligió el camino fácil. Entre 2020 y 2025, el gasto ejecutado en remuneraciones creció apenas 1,86%, mientras su peso dentro del total ejecutado bajó a 58,3%. Solo en tiempo extraordinario, recargo de funciones y disponibilidad laboral, la reducción entre 2019 y 2025 fue de ¢662,6 millones. La dedicación exclusiva disminuyó ¢929 millones en el mismo periodo.
La contención también alcanzó los gastos operativos. Diez partidas de servicios pasaron de ¢4.782,2 millones en 2019 a ¢1.981,8 millones en 2025; es decir, ¢2.800 millones menos. En materiales y suministros, ocho partidas se redujeron en ¢399,6 millones. Allí están alquileres, publicidad, actividades protocolarias, alimentos y bebidas y otros gastos cotidianos. Es una reducción que nace de decisiones presupuestarias concretas.
A esto se sumaron los efectos de la regla fiscal y la transición a nuevas reglas de contratación pública, que limitaron la posibilidad de utilizar recursos disponibles y ampliaron los plazos de maduración de proyectos. En 2022, la UNA reportó que, pese a contar con recursos, no podía ejecutar ¢27.884 millones debido al límite de crecimiento de la regla fiscal, que funcionó como una compuerta: había agua en el embalse, pero la salida estaba bloqueada.
La Universidad, entonces, administró con responsabilidad: ajustó su gasto corriente, cumplió el marco vigente, preservó recursos y preparó una ruta para invertirlos cuando fuera jurídica y técnicamente posible. También decidió hacia dónde debía dirigirse una parte de esa capacidad.
En 2026, el presupuesto disponible para becas estudiantiles alcanzó ¢15.245,2 millones, un aumento de 31,4% respecto a 2022. En cinco años, la UNA redireccionó ¢3.647,3 millones hacia becas. No es una cifra abstracta: son posibilidades de permanencia para personas que necesitan alimentación, transporte, alojamiento, materiales, apoyo ante una emergencia o condiciones para no abandonar su carrera.
Al mismo tiempo, los recursos de capital respaldan el Plan de Desarrollo de Infraestructura Institucional, una hoja de ruta para atender necesidades acumuladas en siete campus, fortalecer laboratorios, aulas, bibliotecas, residencias, accesibilidad, servicios estudiantiles e infraestructura tecnológica en los territorios. Cada inversión debe demostrar pertinencia académica, impacto territorial y disponibilidad presupuestaria.
La discusión nacional debería ser si Costa Rica prefiere instituciones que gasten sin rumbo al cierre de cada año o instituciones que administren con previsión, contengan lo superfluo y demuestren capacidad para resolver necesidades de largo plazo. La UNA eligió lo segundo.
La responsabilidad fiscal no consiste en dejar de invertir, sino en saber cuándo contener, cuándo priorizar y cuándo convertir el ahorro en futuro.
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Jorge Herrera Murillo es rector de la Universidad Nacional (UNA).