
En días pasados, sentí un tremendo dolor al seguir las noticias sobre la misión Artemis II.
Estoy de acuerdo con la exploración espacial. Esto ha traído grandes enseñanzas para la humanidad. Es admirable lo que hacen. Me imagino el innumerable grupo de personas que trabajan en ello, la capacidad intelectual de los diferentes equipos, la capacidad de organización, la cantidad de genios que lo hacen posible; el capital humano, tecnológico, económico y de tiempo invertido en una obra de ese calibre. Celebro que hayan tenido éxito y un regreso feliz a la Tierra.
Pero… ¿por qué digo que he sentido un tremendo dolor? Nada más pienso: ¿por qué no nos prestan una pequeñísima fracción de todo ese personal talentoso y esa tecnología de punta? Digamos, a 10 administrativos, a 10 gerentes de proyectos, a 10 ingenieros industriales, a 10 agrónomos especialistas en poscosechas, a algunos contadores, a algún encargado de logística…
¡Ya estuvo! ¡Solucionamos con ese equipo el hambre en el mundo! ¿Saben ustedes que en el mundo no hay escasez de comida? No. Comida sí hay, y suficiente. ¿Saben que India, el país con más personas malnutridas y con más muertos por desnutrición, es también el país donde más se desperdicia y se bota comida? No es porque mentes malévolas así lo quieren. Es porque no tienen formas apropiadas de almacenamiento y distribución. La comida se pudre y hay que botarla.
En todo el mundo hay desperdicio de comida: en los campos de cultivo, en los centros de acopio, en el mercado, en el súper... en mi casa. Desechamos comida que no consumimos.
Decía el hoy fallecido papa Francisco que desperdiciar alimentos en casa de los pudientes es robarla de la mesa de los pobres.
¿Y el agua? En Costa Rica, damos ese servicio por sentado. Pero una proporción enorme del mundo no tiene acceso a agua potable. Eso significa enfermedades. Pobreza. Mala alimentación.
¿Y qué tienen que ver estas tristes realidades con la misión Artemis II? Nada. Pero si nos prestan a unos pocos de esos genios de la ciencia, la tecnología y la administración, y nos regalan un poquitico de todo el dinero que se invierte en la carrera espacial, en menos de un año se acabaría el hambre y habría agua potable en todas las comunidades del mundo. Sin burocracia. Sin intervención de la ONU ni de la OMS. Sin políticos sacando pecho.
Son tonterías que pienso cuando una buena noticia –como el logro de Artemis– me pone nostálgico, en medio de tantas malas noticias.
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Roberto Guzmán Ovares es médico cardiólogo.