
En mi infancia, las pozas no empezaban en las pozas. Empezaban antes, cuando uno de mis primos proponía ir a Las Pilas y la casa de Puriscal se llenaba de risas y preparativos. Había que buscar los paños, ayudar a hacer el almuerzo y esperar al vecino que siempre llegaba tarde. Después, había que esperar todavía un poco más, sin saber por qué, mientras escuchábamos el canto largo de las chicharras.
Con los años, he llegado a pensar que buena parte de la felicidad que asociamos a las pozas consistía, precisamente, en esperar.
En un acrílico que mi amigo Moisés Barrios pintó hace algunos años, a partir de una fotografía tomada en una poza del Río Dulce de Guatemala, la espera aparece como un momento decisivo.
Una niña, vista de espaldas, permanece inmóvil sobre un tronco. Delante de ella, un muchacho acaba de lanzarse mientras otro emerge del agua. La niña no pertenece todavía a ninguno de esos dos mundos. No retrocede, pero tampoco avanza. Está suspendida en el instante más valioso y tal vez más difícil de todos: ese en el que todavía es posible elegir.
Hay un detalle que descubro ahora, al ver otra vez la pintura. La niña inmóvil sobre el tronco podría contener el fragmento de un miedo que mi amigo conoce muy bien. El miedo de quien nunca aprendió a nadar. Quizá por eso Moisés eligió representar el instante anterior al salto y no el salto mismo. Tal vez esa imagen sea su manera de entrar al agua sin abandonar la orilla.
En mi niñez no habría podido ver esa escena de esta forma, a pesar de haberla vivido muchas veces. La infancia cuenta con el privilegio de vivir sin la necesidad de interpretar. Las interpretaciones llegan después, cuando el cuerpo ya no consigue hacer con facilidad aquello que aprendió casi sin darse cuenta.
Pienso en los escritores Fabián Dobles y Carlos Luis Fallas, para quienes los ríos y las pozas son escenarios donde los personajes miden sus fuerzas, enfrentan el miedo o descubren algo de ellos mismos. Pienso en La poza de la sirena, de Manuel Argüello Mora, donde el agua se convierte en el umbral hacia otra realidad. La literatura costarricense parece haber comprendido aquello que los niños descubren sin saberlo: que el agua también educa.
Toda poza esconde un doble fondo y practica una educación silenciosa.
En las pozas aprendíamos a escoger el árbol adecuado para lanzarnos. A distinguir una roca segura de otra cubierta por una capa invisible de musgo. A leer el color del agua para adivinar su profundidad. A calcular distancias, imaginar trayectorias y observar cómo otros resolvían el salto, antes de decidirnos a intentarlo.
Las pozas nos enseñaban que el entusiasmo debe hacerse amigo de la cautela. Que el miedo es a veces la forma que adopta el cuerpo para protegernos. Que ninguna superficie dice toda la verdad.
En esta escuela a cielo abierto recibíamos lecciones de física y de geología, de psicología, de coraje y de prudencia, aunque tal vez la primera lección comenzaba mucho antes de tocar el agua. Porque antes de enseñarnos a saltar, las pozas nos enseñaban a esperar. Había que esperar a que llegaran todos, a que alguien eligiera el mejor lugar para entrar, a que el primero probara la profundidad del agua.
Aprendíamos que la espera también forma parte de la alegría. Que esperar significa darles tiempo a las cosas para que lleguen completas.
Cada verano, después de esperar durante los meses de lluvia, encontrábamos unas pozas un poco distintas de las que recordábamos. Un tronco había desaparecido. La corriente había excavado en la orilla un nuevo remanso. Las piedras más vistosas aparecían ahora en otro lugar.
Aquellas transformaciones parecían pequeñas. Solo mucho tiempo después comprendimos que obedecían al mismo movimiento que desgasta las montañas y amplía los valles.
El agua lleva siglos desplazando rocas, abriendo cauces, trasladando arenas, borrando formas que creíamos permanentes. Tal vez por eso siempre nos pareció viva. Porque había algo en la fluidez de las pozas que nos permitía presentir que el mundo estaba haciendo lo mismo.
Vuelvo a la niña que espera sobre el tronco. Durante mucho tiempo, pensé que estaba reuniendo el valor para saltar. Ahora creo que está aprendiendo una lección más valiosa. Está descubriendo que el agua comienza antes del salto. Que también circula en la espera, en el cálculo y en el instante suspendido. Quizá por eso sigue inmóvil. Porque las primeras lecciones del agua no se aprenden cuando saltamos, sino unos segundos antes.
jurgenurena@yahoo.com
Jurgen Ureña es cineasta.
