Hace unos meses, el Banco de Costa Rica se negó a entregar al Consejo Nacional de Vialidad (Conavi) ¢5.000 millones destinados a la carretera hacia San Ramón, fondos que la entidad bancaria tenía asignados para las OBIS.
Las siglas me sorprendieron, así que me informé y descubrí que significan “obras impostergables”, cuyo objetivo es “mejorar la capacidad, funcionalidad, fluidez y seguridad del corredor vial”. Estupendo; no obstante, al menos tres de los cuatro propósitos son tan infrecuentes en nuestros entes públicos que sería una conducción muy restringida ponerlos a circular exclusivamente por poco más de 44.000 kilómetros de rutas nacionales y cantonales, ya sean asfaltadas, lastreadas o minadas.
También convendría verter esos propósitos, a modo de recarpeteo, en aquellas instituciones donde la despersonalizada atención a los usuarios, los cuellos de botella administrativos y la somnolencia burocrática entorpecen y retrasan sus impostergables tareas.
En particular, la fluidez a la que hacen referencia las OBIS es concebida por muchos conciudadanos, y por buena parte de los funcionarios, como una cualidad exclusiva de un solo órgano: la boca. Por ella fluyen riachuelos de discursos, frases llenas de presunción, arengas insustanciales y una corriente de insensateces que transforma las palabras en repulsiva verborrea.
Estas personas han secado el cauce de la fluidez para la producción de ideas o novedosas estrategias públicas, y para la modernización de sus tiesas estructuras administrativas. En esos territorios, el remozamiento y el ágil discurrir institucional fueron sustituidos por el estancamiento y la marisma.
En relación con la funcionalidad, el Diccionario de la lengua española la define como una cosa “diseñada u organizada atendiendo, sobre todo, a la facilidad, utilidad y comodidad de su empleo”. Ruego al lector que piense como usuario (y de ningún modo como funcionario) en, por ejemplo, Acueductos y Alcantarillados, y tendrá sobrados motivos para buscar en el mismo diccionario los antónimos de facilidad, utilidad y comodidad.
Le ahorraré tiempo: para facilidad, los contrarios son dificultad y complicación; para utilidad, ineficacia; y para comodidad, uno completamente apropiado al espíritu con el que viven los clientes del AyA, se llama penuria.
El objetivo de dotar de capacidad la red vial que mencionan las OBIS se diferencia del de las instituciones del Estado en un aspecto esencial: mientras que el propósito de la construcción de las carreteras nacionales es dotarlas de capacidad para soportar el tráfico vehicular, la capacidad de las entidades públicas no depende de la acción externa de una máquina que pavimente en los funcionarios tan necesaria cualidad.
Y es así como, semejante a nuestra desigual red vial, encontramos en la esfera pública empleados capaces y comprometidos y otros que conducen su jornada diaria de trabajo por una trocha de flojo cumplimiento del deber e indiferencia por las necesidades de los usuarios.
En ocasiones, he tenido la sensación de que delegamos en las palabras una facultad volitiva, como si por el hecho de escribirlas en un documento les transfiriéramos el deber de la acción y la realización que, por indiferencia o desgana, no somos capaces de ejecutar.
En efecto, los objetivos de fluidez, capacidad y funcionalidad que procuran las OBIS son equivalentes a lo que leemos en la misión y visión de las instituciones públicas. En ellas hallamos términos como excelencia, acceso prioritario y oportuno, soluciones efectivas, valor sostenible y, en general, una efusión de objetivos e intenciones cuya sola lectura debería invitar al trabajo vigoroso y eficaz, y al compromiso.
He llegado casi a convencerme de que en la Administración Pública coexisten dos universos paralelos: el esclarecido firmamento donde orbitan los objetivos establecidos con escrupulosa exactitud, y el incompleto y nebuloso cosmos de la inacción, la desidia y el conformismo de hacer las cosas a medio terminar o mal terminadas.
Quizá la ingravidez espacial en la que residen los objetivos les impide descender y penetrar en la voluntad de los empleados públicos; pero si tal suceso fuera probable, bastaría con un poco de discernimiento y visión para saber que las obras impostergables que nos agobian en el presente son las situaciones que en el pasado dejamos crecer como la mala hierba en un campo descuidado.
El autor es educador pensionado.
