
Antes del primer semáforo, ya sé que el chofer del carro es nicaragüense, granadino, y él sabe que yo he visitado dos veces su ciudad. Me pregunta si me gustó y respondo que sí, que me gustó la infinita visión del lago Cocibolca, espejo que no acaba nunca, la calma que parece posarse en todo, el gallopinto con frijoles rojos. El hombre asiente.
Le cuento que en el barrio donde crecí hubo un salón de baile llamado el Cocibolca que, para los chiquillos, fue siempre un lugar prohibido y, por eso mismo, un atractivo imán misterioso. El hombre adivina lo obvio: “Era de nicas”. Sí, lo era. “Pero el pobre, después de haber sido tan alegre, tuvo un final triste”, le digo, fingiendo voz apenada. “¿Se quemó?”, pregunta. “Peor: lo convirtieron en una iglesia cristiana; pasó de los boleros a los coros”. Dos carcajadas se mezclan.
Le agrego que, por encima de todas las novedades que Granada ofrecía, hubo una que me sorprendió más y que no fue la venta de iguanas vivas a la orilla de la carretera. Le detallo que una mañana, mientras recorría el parque Central, pasó un automóvil de megafonía. Al hombre le brilla un recuerdo en la risa y me corta: “La familia tal y tal, participa del sensible fallecimiento de don fulano de tal, que está siendo velado en su casa, en tal lugar…”.
–Tal cual, le digo, para estar a tono. Pero el asunto no terminó ahí –añado–; al día siguiente apareció la carroza del entierro: una muy grande, tirada por caballos solemnes y esponjada de flores.
–Así es allá –responde– como si esas tres palabras bastaran para resumir una costumbre que también se practicó en Costa Rica y que el paso de los años dejó botada.
–Es como estar en otra época –le digo–; solo en las películas había visto algo parecido.

El viaje con el granadino resulta ser un vacilón; de cinco estrellas, podríamos decir, y se comprueba una vez más que aun en la cabina de un carro pequeño tienen cabida el hambre y las ganas de comer o, como en este caso, dos hablantines de pura cepa y una anécdota más grande que la calle.
–Por cierto –le digo al hombre–, estar mencionando carrozas me hizo pensar en lo que me contó una vez un taxista. El chofer dice sí con la cabeza y con una risilla, gestos que interpreto como “dele”.
–Hace unos años, cuando no estaba esta empresa de transporte con la que usted trabaja, yo iba en taxi para la casa. Al pasar frente a una funeraria, el taxista empezó a decir que, cuando estaba jovencillo, se enamoró de un carro que llevaba tiempo en un taller. Era muy largo, con tablero y manivela de madera. Una belleza. A los meses notó que nadie le hacía tiro e interrogó al dueño del taller, que respondió sin rodeos: “¿Cuánto me da?”.
El taxista, entonces con 16 años, guardaba ahorrados diez mil colones, pero pensó rápido y dijo que pagaría seis mil. “Si me los da, se lo lleva”, le propusieron en el taller.
Corrió hasta Alajuelita, donde vivía, y volvió al punto de venta. Salió manejando la joya negra y llegó al barrio, donde descubrió asombro en muchas miradas ajenas. Cuando tuvo licencia, se dio gustos paseando. Viajaba mucho con los amigos a la playa; como el carro era espacioso, podía apiñar mucha gente: unos se acomodaban sentados y otros iban acostados. Todos se divertían.
Un día, el aguafiestas del pueblo le reveló la verdad: la gente lo veía raro y ningún tráfico lo paraba porque manejaba una carroza fúnebre. “Es que nunca había visto una y, diay, aquella me encantó”, me dijo en su cuento.
Siguió manejándola, como si nada hubiera pasado. Más bien se envalentonó y la lucía en los lugares donde otros rajaban con modelos nuevos. Era como sacar a pasear a un muerto elegante que jugaba de vivo. Me contó que una noche, afuera de una cantina, se le acercó otro joven de su edad y le dijo: “Usted anda el mejor carro de todos los que están aquí”.
Cuando le sacó el jugo a la carroza, la regaló. Se la dio, con papeles y todo, a un conocido que se la pedía a menudo para jalar fieles de una iglesia.
–¿Y sabe qué pasó al final?, interrogo al chofer granadino, repitiendo la pregunta que me lanzó el taxista años atrás. “La bendita carroza no salió nunca del barrio, pero ya no jalaba difuntos ni amigos a la playa… ¡La estaban usando para vender verduras!”.
El nicaragüense remata con un destello: es que la muerte se aburre y busca cómo seguir entre los vivos.
ovidio.munoz@nacion.com
Ovidio Muñoz Corrales es periodista.
