La economía circular ha ido cobrando importancia en las discusiones sobre el tratamiento de los residuos. Impulsada primero por los académicos y la sociedad civil en foros internacionales, evolucionó hasta convertirse en un concepto clave de la política pública.
Por ejemplo, existe una Estrategia Nacional de Economía Circular del Ministerio de Ambiente (Minae), con miras a promover un cambio en el modelo productivo para evitar los residuos, y un proyecto de ley que, de ser aprobado, incorporaría los principios de circularidad en el ordenamiento jurídico e incentivos para empresas y organizaciones.
De acuerdo con la definición del Parlamento Europeo, la economía circular es un modelo económico para la extensión del ciclo de vida de los productos y materiales, al punto de eliminar los residuos mediante compartir, alquilar, reutilizar, retornar, reparar, renovar y reciclar, de manera que nunca terminen en un relleno sanitario.
La cantidad de propuestas y productos innovadores es amplísima, desde mercancías diseñadas para ser reparadas y no desechadas por causa de desperfectos —como el Fairphone— hasta la compra a granel y el retorno de envases reutilizables.
Sin embargo, la complejidad y la cantidad de soluciones que caben dentro del concepto condujo a igualar la economía circular con el reciclaje, hasta vaciarlo de contenido propio.
El valor de la economía circular se centra en impulsar las primeras erres (reducir, reutilizar y reparar), no en el reciclaje, que ha tratado de ponerse en práctica a lo largo de varias décadas sin éxito comprobado.
La economía circular trata de evitar la generación de residuos que tengan que ser reciclados.
Se fundamenta en el concepto del ecodiseño, según el cual desde su origen los productos son diseñados para una vida extensa, incluida la fase de posconsumo, ya sea por medio de la reutilización o la reparación.
Cuando irremediablemente sea necesario reciclarlo, los impulsores de la economía circular abogan por no caer en el downcycling, que es reciclar para producir otro artículo de menor calidad, como en el caso de la mayoría de los plásticos, que lo único que se logra es alargar el momento en que llegarán a la naturaleza como desechos.
Desafortunadamente, durante las negociaciones celebradas en Ottawa en abril, para firmar un tratado internacional vinculante regulador de la contaminación con plásticos, la participación de lobistas y representantes de las industrias petroleras y químicas aumentó un 37 % con relación a la sesión pasada.
Tales industrias intentan obstaculizar el establecimiento de un límite internacional a la producción de resina virgen de plástico. Una de sus tácticas son las promesas y planes de aumentar el reciclaje químico como solución a la contaminación causada por materiales sintéticos, pero históricamente el reciclaje no ha sido la solución al problema.
Para remediar la crisis planetaria de contaminación y generación de residuos es preciso concentrarse en un modelo realmente circular.
La autora es abogada, especializada en derecho ambiental.
