
Este 25 de abril se recuerda el primer centenario de la coronación de la imagen de la Virgen de los Ángeles, realizada en la ciudad de Cartago en 1926. Fue el papa Pío XI quien confirmó la petición de los obispos de Costa Rica y concedió que monseñor Rafael Otón Castro y Jiménez, primer arzobispo de San José, coronara la imagen con oro en un evento religioso, social y cultural sin precedentes.
La Costa Rica de hace 100 años era bastante distinta de la actual; sin embargo, subsiste en el sentir costarricense una identificación de unidad nacional y consuelo espiritual en el acontecimiento que se vive día a día en la basílica de Cartago. La corona de la Negrita de los Ángeles fue –y es– un signo de lo que el pueblo de Costa Rica ha venido forjando en torno a esta devoción unificadora: la Virgen María, Madre de Jesús, el Rey de Reyes, que, en la humildad del relato del hallazgo de 1635, así como en el aspecto de su pequeña imagen de piedra, se muestra como referente de los más grandes valores de la fe y el humanismo cristiano.
En esa misma línea, María de Nazaret, al igual que lo hizo con su prima Isabel (Lucas 1,39), también se puso en camino en Cartago. El pueblo sencillo de la incipiente Costa Rica reconoció que en la Puebla de los Pardos se gestaba algo hermoso: un sitio donde los milagros cobran vida y adquieren un rostro y un relato concreto. Una especie de manantial, no solo del agua de la “pileta”, sino de esperanza, alivio y gratitud. Basta con mirar las expresiones de fe de los peregrinos que van a Cartago de forma continua para ofrecer la vida y salud de los hijos en el vientre, un nuevo vehículo, la petición por una casa o por trabajo y ruegos por la salud del cuerpo y el alma.
Entre todos los relatos que han dado identidad a nuestra nación, sin duda la Virgen de los Ángeles destaca como un elemento perenne que continúa alimentando la fe y la sensibilidad religiosa de los costarricenses. Un ejemplo irrefutable de esta convicción es la romería anual que se desarrolla a finales de julio e inicios de agosto, no solo hacia Cartago, sino en muchas otras partes del país. Sin duda, la Negrita y su basílica constituyen una joya para nuestro país.
Ahora bien, frente a los desafíos que la sociedad costarricense enfrenta hoy –particularmente el irrespeto a la vida humana, el crimen organizado y la vinculación de los jóvenes en estructuras criminales, así como la violencia, tanto física como verbal, en todos los ámbitos y sobre todo en el discurso político y público–, la solución no puede limitarse a más punición, barrotes, censuras o indiferencia. Resulta penoso observar cómo nuestras ciudades se llenan de sangre por ajusticiamientos, pero también de personas que no tienen dónde vivir y hacen de la calle su modo de vida. De todo esto, somos corresponsables.
Por ello, la respuesta debe ser integral. No se pueden dejar de lado la fe ni los valores religiosos. Hoy, más que nunca, el mensaje del evangelio de Jesús, Príncipe de la Paz, es necesario para transformar los corazones de quienes no valoran la vida e incluso la desprecian.
Cien años después de la coronación de la Virgen de los Ángeles, podemos afirmar que la verdadera corona de la Negrita será siempre una Costa Rica unida, solidaria, pacífica y pacificadora. Y, sin dudarlo, agregaría: una patria creyente.
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Ricardo Cerdas Guntanis es presbítero y asesor legal de la Conferencia Episcopal de Costa Rica.