
“La verdad –dice Santo Tomás– es algo divino: hay que respetarla y amarla. A veces, decirla cuesta y exige esfuerzo, pero debemos ser valientes y no mentir jamás”.
La veracidad es una virtud esencial para la convivencia humana. Admitir la mentira como algo lícito sería un gran peligro para el bien común, porque legitimar la falsedad destruiría la confianza entre las personas.
Hoy, es frecuente emitir juicios precipitados sobre los demás o recurrir a la murmuración y la calumnia como armas de poder. Pero inducir al error oscurece la inteligencia y divide las voluntades. Solo cuando aprendemos a decir y a escuchar la verdad, surge la auténtica comprensión y la concordia.
Una personalidad sólida se forja en la familia, en la escuela, en el trabajo y en todas las experiencias de la vida. Aristóteles enseñaba que la virtud consiste en desarrollar rasgos de carácter positivos: ser fuerte, coherente y recto. Eso significa que el “sí” sea sí y el “no” sea no. Fortalecer el carácter es conducirse con nobleza y no callar cuando la verdad es atacada o la caridad, herida.
Educar es sembrar verdad. Como recordaba san Juan Pablo II en la encíclica Fides et Ratio (1998, número 31): “En la vida de un hombre, las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal. Además, las verdades recibidas de otros son a menudo más firmes que las que uno conquista con la reflexión personal. A la vez, la fe confiere a la vida una certeza que no podía alcanzarse de otro modo. En realidad, quien cree confía en la verdad misma que se manifiesta en el testimonio de otro”.
Las verdades recibidas de otros son a menudo más firmes que las que uno conquista con la reflexión personal… Quien cree confía en la verdad misma que se manifiesta en el testimonio de otro, tal cual se cumple desde la niñez, se cree en lo que los padres enseñan.
La verdad es la imagen auténtica del pensamiento: las cosas son como son, no como opinamos que sean. Cuando la verdad se relativiza y se vuelve subjetiva, cada uno la acomoda a su modo, y se pierde el fundamento común. La exageración, la hipocresía y el dramatismo la distorsionan, debilitando la confianza que toda relación humana necesita.
Don Álvaro del Portillo fue ejemplo de vida veraz. Como recordó Carlos Cavallé: “Era un ciudadano fiable, que construía sociedad sobre los pilares de la lealtad y la veracidad”.
Hoy, en medio de una sociedad compleja, tenemos la inmensa responsabilidad de actuar con la verdad como guía. Nada es más valioso que recorrer la vida siendo personas confiables. Porque solo en la verdad se construye confianza, y solo con confianza se edifica una sociedad sana y fecunda.
Mariamalia Bulgarelli Mora tiene formación en Administración de Empresas y estudios de posgrado en Matrimonio y Familia.