
En estos momentos de guerra en los países de Oriente Medio y luego de las amenazas proferidas en días pasados por el presidente de Estados Unidos –aunque luego atenuara su vehemencia–, surge una pregunta inevitable: ¿cómo sería el planeta Tierra sin seres humanos?
Para abordar la respuesta, conviene partir de algunos antecedentes. Los primeros humanos modernos, según los restos más antiguos de Homo sapiens, datan de hace aproximadamente 300.000 años y estaban en África. Sin embargo, dentro del género Homo, el Homo habilis (el primero en utilizar herramientas) apareció hace unos 2 millones de años. Y los primeros homínidos, es decir, nuestros ancestros más lejanos, surgieron hace entre 5 y 7 millones de años.
Un dato relevante es que las primeras guerras documentadas históricamente ocurrieron en Mesopotamia (actual Irak), entre los años 2700 y 2600 a. C., específicamente entre las ciudades sumerias de Lagash y Umma, en disputa por recursos hídricos y tierras fértiles en la llanura del Guedenna.
Estas confrontaciones estuvieron marcadas por el sedentarismo y la propiedad privada, e involucraron ejércitos organizados y el uso de armas de bronce. En contraste, las guerras modernas responden principalmente a factores geopolíticos, religiosos, expansivos y, sobre todo, a decisiones de líderes autoritarios.
Es imposible determinar con precisión el número total de muertes causadas por conflictos armados a lo largo de la historia, pero las estimaciones apuntan a cientos de millones. Solo en el siglo XX se calcula que murieron cerca de 109,7 millones de personas en guerras, una cifra que triplica la de todos los periodos anteriores documentados.
A partir de estos antecedentes, la pregunta adquiere un carácter más que metafórico. Algunos “ensayos involuntarios” permiten esbozar posibles respuestas sobre cómo sería un planeta sin presencia humana.
El primer escenario sugiere una rápida regeneración ecológica. El aire se limpiaría; las ciudades, edificios y viviendas serían progresivamente cubiertos por la vegetación, y las especies animales prosperarían sin amenazas.
La infraestructura colapsaría, permitiendo que la naturaleza recupere su curso. Este proceso evidenciaría que el planeta puede funcionar de manera independiente y evolucionar sin intervención humana.
Dos ejemplos
Existen ejemplos concretos de este fenómeno. Uno de los más conocidos es la zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la planta nuclear de Chernóbil, en Ucrania, afectada tras el accidente de 1986. A pesar de la radiación, la flora y la fauna han mostrado una notable capacidad de recuperación.
Un estudio financiado por el Natural Environment Research Council encontró poblaciones abundantes de vida silvestre en la zona, lo que sugiere que la presencia humana puede ser más perjudicial para los ecosistemas que décadas de exposición a radiación.
Otro ejemplo reciente fue el confinamiento global durante la pandemia de covid-19, cuando diversas especies (osos, lobos, coyotes, entre otros) ocuparon espacios urbanos normalmente dominados por humanos. Algo similar ocurre en los desiertos de Oriente Medio, donde las ruinas milenarias permanecen visibles.
Asimismo, la desaparición repentina del uso de pesticidas provocaría una explosión en las poblaciones de insectos, que prosperarían sin la intervención humana.
Por último, resulta irónico que quienes promueven el comercio de armas y las guerras aspiren, al mismo tiempo, a reconocimientos como el Premio Nobel de la Paz. Esta contradicción evidencia el peso del ego en líderes que, mientras buscan prestigio internacional, son responsables de miles de muertes y de un significativo aumento en las emisiones de gases de efecto invernadero en nuestro planeta.
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Darner Adrián Mora Alvarado es salubrista público.