Inevitablemente la política era tema de nuestras conversaciones. Fue así como vine a escuchar aquello de “la superioridad moral del socialismo”. Quien utilizó el argumento fue un realizador de televisión cubano. No recuerdo su nombre, pero en cambio sí recuerdo que, mientras desarrollaba su argumento, se destilaba de su rostro una tristeza inocultable, como si ya entonces fuese evidente que la superioridad del socialismo, en caso de existir, sería únicamente moral, que no económica, militar ni política… Más aún, hoy pienso que su tristeza nacía de la convicción de que la inferioridad económica, militar y política del socialismo, se debía precisamente a su superioridad moral.
¿Qué es moralmente superior? Lo escuché con interés. Aunque la frase tenía un resabio de consigna, había en ella algo atractivo. Un sistema político y económico basado sobre la solidaridad debía ser, en efecto, “moralmente superior” a otro basado sobre el afán de lucro y la explotación. Parecía razonable. Parecía justo. Parecía evidente. Después pasó lo que sabemos y continúa ocurriendo hasta hoy. Aunque el socialismo, como experiencia histórica, prácticamente dejó de existir, aquella frase sobre “la superioridad moral” del socialismo cada tanto regresa a mi mente.
Hoy me pregunto si puede decirse de algún sistema político que es “moralmente superior” a otro. ¿Es “moralmente superior” el capitalismo moderno a las sociedades esclavistas o al feudalismo? O, para poner en entredicho la idea de un “progreso” necesario en la historia, ¿es acaso “moralmente superior” el absolutismo ilustrado al capitalismo moderno? Como se ve, el asunto trae cola.
Solo las personas tenemos moral y conductas morales, y por ello no puede hablarse con propiedad de la “superioridad moral” de un sistema político. Desde esta perspectiva, los sistemas económicos y políticos serían moralmente neutros, como dicen algunos que es la ciencia, y solo quienes vivimos y actuamos en ellos lo hacemos moral o inmoralmente. El escandaloso fraude Madoff o el reciente colapso del sistema bancario estadounidense serían el resultado de la conducta inmoral de algunos individuos, pero no de las instituciones ni de las reglas que les permitieron –casi los empujaron– a actuar así.
Beneficio personal y beneficio colectivo. Sin embargo un sistema político es la expresión de la voluntad de los distintos grupos que integran una sociedad y resultado de los acuerdos y arreglos alcanzados entre ellos. La pregunta es si estos grupos llegan a negociar animados por principios morales o tan solo por sus intereses particulares, que muchas veces disfrazamos o confundimos con el “interés general”. El beneficio personal es un valor legítimo en la esfera de la moral, es decir, en el ámbito de los valores que rigen u orientan la acción humana. Sin embargo pocos negarán que es aún mejor hacer coincidir el beneficio personal y el beneficio comunitario o colectivo. Desde esta perspectiva, tal vez sí pueda hablarse de la “superioridad” o “inferioridad” moral de los sistemas económicos y políticos.
Recordemos que ya Platón se había propuesto averiguar cómo sería la sociedad justa por excelencia, y tras sus pasos han caminado decenas y centenas de pensadores a lo largo de los siglos. Pero recordemos también que los sueños –o los delirios– de la razón suelen engendrar monstruos, como lo demuestra el mismo ejercicio socrático y tantos otros que en la historia lo han seguido.