Víctor Hurtado Oviedo. 27 marzo, 2016

Nunca habrá un Estado palestino. El Estado palestino será Israel. El proceso de paz palestino-israelí ha muerto para siempre. La solución es un Israel laico e inclusivo. Los inicios de un Estado palestino pudieron ser posibles si se hubiera llegado a acuerdos en la cumbre de Camp David (Estados Unidos) del año 2000, pero el encuentro se frustró por la intransigencia de las partes palestina e israelí. Los historiadores debaten sobre “quién tuvo la culpa”, pero esto ya no importa.

Desde tal fracaso, las negociaciones palestino-israelíes suscitaron “hojas de ruta” (lo que signifique esto en mal español), que han terminado en nada. Entre tanto, los gobiernos de Israel han continuado con su política de “asentamientos”: la colonización de Cisjordania, el territorio de un hipotético Estado palestino. Las colonias violan resoluciones tomadas por las Naciones Unidas. La colonización sigue y nadie la detendrá, pero, en cierto modo, esta invasión ya no importa.

El único camino. Los lectores pueden comprobar la expansión de las colonias si consultan “Cisjordania asentamientos” en Internet. Verán que las colonias “salpican” casi toda Cisjordania de modo que impiden la continuidad territorial del ya imposible Estado palestino. Esta invasión ha anulado todo plan de paz y todo “Estado palestino”, mas los problemas siguen. Los políticos israelíes pueden aplicar tres soluciones: 1) matar a todos los palestinos de Cisjordania (imposible), 2) expulsar a todos los palestinos (imposible), 3) dar la ciudadanía israelí a todos los palestinos (posible, aunque mediata).

Por supuesto, hay muchos obstáculos para la solución 3, mas el principal es el carácter religioso del Estado de Israel. Este país carece de Constitución porque los políticos liberales han cedido a las presiones de los grupos religiosos. Una constitución “a la francesa” (por poner un ejemplo) declararía el carácter laico del Estado, lo que anularía la pretensión confesional de que Israel se rija según la Halajá (ley religiosa), basada en el medieval Talmud.

El impase entre liberales y religiosos ha convertido a Israel en un país extraño: hay libertades de prensa y de elección, pero no existen matrimonio ni divorcio civiles; una mujer puede dirigir el gobierno, pero las mujeres no deben sentarse junto a los hombres en los buses en ciertos lugares...

Un país inclusivo. En Israel, entre otros medios, la ciudadanía se adquiere por la fe. Según la Ley del Retorno, es ciudadano quien haya nacido de madre de religión judía y quien se haya convertido al judaísmo. Algo similar ocurriría si la ciudadanía costarricense se transmitiera por la fe: para ser costarricense bastaría con declararse cristiano en cualquier parte del mundo. Esta confusión entre “ciudadanía” y “fe” es imposible en países de tradición ilustrada.

¿Qué ocurriría si todos los habitantes nacidos en el imposible Estado palestino se convirtieran en ciudadanos israelíes? Lo que ocurre con los judíos (de fe) nacidos en Costa Rica: tendrían los mismos derechos que los demás costarricenses. Por supuesto, las personas nacidas en Cisjordania no son aún israelíes; pero tampoco son “palestinas” ya que no hay ni habrá Estado palestino por culpa de la colonización. ¿Entonces? Entonces solamente queda otorgar la ciudadanía israelí a todos los nacidos en Cisjordania, y considerar Cisjordania parte de un Israel laico e inclusivo.

¿Será la religión un obstáculo para tales cambios? No, y no debería parecerlo a usted, salvo que usted sea un fanático religioso que cree en una “religión verdadera” (la suya) y que, por tanto, discrimina a los demás porque son “herejes” o “gentiles”. Usted está mal si cree que la identidad de un país incluye la religión. Si usted no es parte del fanatismo confesional, le parecerá muy conveniente la idea de un Israel laico, democrático e inclusivo.

Autoridad moral. Las diferencias culturales (de idioma, costumbres, etc.) persistirán en un Israel inclusivo, pero también existen en Bélgica, en el Canadá y en Suiza (donde hay cuatro idiomas oficiales). De paso sea dicho, numerosos musulmanes ya son ciudadanos israelíes, e incluso hay diputados árabes israelíes, de modo que no sería una completa novedad la ciudadanía israelí para los palestinos de Cisjordania.

La futura Constitución israelí democrática, laica e inclusiva será la única garantía para la existencia de Israel, dentro y fuera de sus fronteras: ni sus armas serán mejor defensa. Su definición laica otorgará la autoridad moral al Estado israelí, que nunca debió perder ante la comunidad internacional. El Estado deberá ser el Estado israelí, no un “Estado judío” (religioso), así como el Estado francés es el Estado francés, no un “Estado cristiano”.

Israel tiene derecho a existir dentro de fronteras seguras, que también serán seguras para los palestinos. Los palestinos harían bien en aceptar la ciudadanía de un Estado que los respeta, y harían bien en respetar a sus conciudadanos de religión judía. En realidad, no somos ciudadanos de un país, sino ciudadanos de una Constitución: de un régimen político que nos concede igualdad de derechos, sin odiosas discriminaciones de religión o lo que sea.

El autor es ensayista.