
Tengo la risa de mamá y la furia de papá.
Toco guitarra como mi hermano mayor y rezo como mi hermano del medio.
Soy práctica como mi abuela paterna, Beatriz: la pulpera, la cantinera, la audaz, la creyente en milagros. Y decidida como mi abuela materna, Hortensia Campos Sagot.
Payasa y cantora como mi abuelo, el cubano Eduardo, el papá de papá. Y me encanta jugar casino y veintiuno como mi abuelo el juez, Juan Rafael, el papá de mamá.
Me encantan los animales como a mi tío Frincho, que se nos fue hace mil años, y un traguito de vez en cuando con un buen bistec, como a mi tío Claudio, quien murió hace quinientos.
Me encanta hacer mandados bajo la lluvia, como tía Tina, y ponerme chalecos de lana, como tía Flor.
Amo los cuadernos y las libretas, como tío Luis, y guardar plata como una rata, como mi bisabuelo Nicomedes, que dicen que prestaba dinero allá por el 1800.
Me gusta ver buenas películas, como a tío Jorge, que era proyeccionista en el Variedades, y visitar bibliotecas como mi primo Trino Chavarría.
Soy buena madre. Y plantada, como mis ancestras.
Dicen que mi bisabuela paterna tenía un montón de manganzones a quienes gobernaba como si fuesen corderos y a las mujeres les enseñaba a no dejarse y a tomar el destino en sus manos.
Me encanta la leche agria en ayunas y un buen helado después de almuerzo, como vi que me daban de niña, porque así había sido desde siempre.
Se me da bien dar clases, como a tía Dino o tío Rafa, y eso de leer para arreglar al mundo, como Alonso Quijano, creo que viene entre mis venas de todo lado.
Lo cierto es que somos el resultado de una runfla de gentes y costumbres que jamás conocimos en persona, pero que viven y respiran a través de nuestros propios sentidos.
Tenemos rituales y manías que consideramos muy nuestros, pero la realidad es que son heredados de cientos y cientos de genes que nos han venido, unos por rebote y otros por esa conjunción maravillosa de células que se cayeron bien, se mezclaron, se revolvieron en el exquisito caldo de la vida y tiraron al mundo unos seres aparentemente únicos –por lo menos, eso creemos– que somos nosotros.
Nos sentimos realmente individuos, con características tan propias que asombrarían al gran arquitecto del Universo, pero somos humildes copias y, como diría Silvio, un amasijo de carne con madera.
Cuando veo a mis nietas, trato de adivinar en ellas –como hago con nuestra propia hija– toda esa gama de gestos y guiños de familia que tuve la suerte de conocer... o no.
Pero la sangre jala y no miente.
Parar un dedo al tomar café, estornudar de un modo particular, ver la mirada iluminarse como cuando mamá contaba algo que le apasionaba o saber que tienen la mecha corta, igual que el carácter firme de tanto loco amado en la familia, es la certeza inequívoca de que somos un torrente de información genética que viene desde que el mundo es mundo.
Y eso me parece maravilloso.
Porque, en cada punto de partida, ellos y ellas vienen conmigo. En cada derrota y en cada triunfo. En cada buena decisión y en cada lanzamiento al vacío. En cada encrucijada, cuando me pregunto: “¿Y fulano o fulana qué hubiera hecho?”, la respuesta es clara.
En el trillón de historias y anécdotas familiares también estoy yo ahí, esperando a nacer, a ser llamada a escena. Y, en esas mismas leyendas, están ellos y ellas, aprobando con una risilla cómplice y cósmica lo que haga y decida, como una forma de seguir con vida.
Seguir con vida, sí, porque de eso se trata.
Nos la ingeniamos para no morir con la muerte y seguir viviendo y respirando por medio de todos los que sigan el camino.
No estamos solos. No hay final; solo un relevo.
Y, definitivamente, en la forma que tengamos de medir y calcular la existencia, hay un coro de voces que nos preceden, que titilan y nos acompañan.
Porque, como decía mamá, los mansos de corazón heredarán la tierra; los otros iremos a las estrellas.
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Ana Coralia Fernández es periodista y narradora oral.
