
Recientemente, gracias a una formidable interpretación de la Banda Nacional de San José, pude conocer un tesoro escondido de nuestra historia: Rapsodia costarricense, compuesta por el maestro Alejandro Monestel en 1928. Como toda rapsodia, se trata de una pieza musical formada por una secuencia de fragmentos de otras obras que son hiladas por la destreza del compositor.
El maestro Monestel logró amalgamar una exquisita variedad de ritmos, melodías y, ante todo, emociones que hace casi un siglo recopiló por toda Costa Rica. En esta obra, distinguimos los compases cálidos de nuestra pampa, así como los aires frescos del Valle Central y la humedad de las llanuras del norte. También se asoman con sutileza y elegancia algunas de nuestras marchas patrias, pero con toda claridad y contundencia se percibe la esencia del Himno Nacional que sostiene con firmeza esta pieza musical.
Así es Costa Rica y así ha sido siempre: una rapsodia de realidades humanas, culturales, políticas e ideológicas. A lo largo de nuestra historia, hemos sabido articular y balancear nuestras diferencias hasta alcanzar una melodía que dista de la perfección, pero que nos ha permitido acumular una serie de fortalezas que nos han distinguido por mucho del resto de la región.
Esta diversidad de visiones y perspectivas, al igual que en la rapsodia de Monestel, ha constituido un ensamble armónico a pesar de nosotros mismos y de nuestras realidades y prejuicios.
Nuestra rapsodia nacional siempre ha contemplado “melodías” absolutamente disonantes entre sí y, por lo general, hemos sabido gestionar esas diferencias hasta alcanzar cierta armonía, sin caer en la majadería arrogante de imponer “mi ritmo” al resto de “la banda u orquesta” solo porque sí.
Hemos llegado a acuerdos sociales que para otros serían impensables. Sin embargo, para nuestra república hoy son trascendentales y algunos de ellos están evidentemente en riesgo.
Cierto, nuestra realidad actual es abismalmente diferente a la de 1928 y los retos que tenemos hoy como sociedad son también muy distintos. Quizá uno de los más significativos sea el de mantener una armonía mínima como sociedad, que descarte de entrada cualquier tipo de imposición, máxime en un contexto de violencia como política pública.
Evidentemente, esto requiere un esfuerzo colectivo de todos y cada uno de los que “tocamos la melodía”, independientemente de la “sección de instrumentos” en la que estemos, pero también se necesita suficiente honestidad y madurez de las personas que pretendan ponerse, batuta en mano, al frente de la banda para dirigir nuestros acordes como nación.
Algunos compases de nuestra partitura nacional se han escrito con sangre, y eso no tendría por qué repetirse. Al contrario, estamos en el momento oportuno para tomar decisiones clave y asumir el compromiso de seguir componiendo e interpretando una rapsodia costarricense sustentada en esos valores fundamentales que nos sostienen como sociedad, al mejor estilo de la obra de Monestel, afianzada en los acordes del Himno Nacional. Nuestra rapsodia debe seguir escuchándose con mucha fuerza, como una melodía diversa pero enfocada en el bienestar de todos y todas, muy por encima de los gritos, los insultos y las mentiras.
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Enrique González Roldán es politólogo.