
Las instituciones avanzan cuando hay reflexión, decisión y acción. Estas etapas requieren determinación y se fortalecen cuando existe apertura al diálogo. El diálogo es una ocasión. El poeta griego Hesíodo decía que “lo mejor en todo es saber escoger la ocasión”. Es lo que hace el prudente.
El diálogo es un medio para aprovechar las ocasiones antes de su ocaso, antes de que desaparezcan. Las constantes confrontaciones son estériles. Desconocen la cooperación. Tres actitudes básicas favorecen un diálogo cooperativo: el amor a la libertad, el amor a la verdad y la cordialidad.
El diálogo es el encuentro entre formas distintas de ver la realidad. Aun ante el desacuerdo, todos ganamos porque nuestra perspectiva crece. Ya lo decía el poeta Pedro Salinas: “Todo lo sabemos entre todos”.
Una aproximación multilateral es mucho más rica que una limitada perspectiva individual. Existen diversas maneras de pensar y aproximarse a los problemas. Diferentes puntos de vista se complementan y llevan por caminos y a soluciones insospechadas. Toda opinión formulada con seriedad merece ser escuchada y discutida.
Hay razonamientos que superan nuestras intuiciones. Se dice que el pluralismo es consustancial al pensamiento. “Sin libertad no hay pensamiento y sin pensamiento no hay libertad”. El filósofo sueco Thomas Thorild afirmaba: “Pensar con libertad es bueno, pero pensar correctamente es todavía mejor”. Otra cosa es adherirse a lo “políticamente correcto”. Abdicar la propia libertad.
La verdad es aquello que los seres humanos anhelamos y buscamos. Así lo manifiestan la filosofía, la ciencia y la cultura. Se dice que la verdad es hija del tiempo, como afirmaba el historiador romano Aulo Gelio: veritas filia temporis.
La verdad futura depende de nuestra libertad, de nuestra responsabilidad, de nuestra actividad y contribución al desarrollo del bien común. Merece la pena leer el primer párrafo de la declaración del jurista Robert P. George, de Princeton, y del filósofo afroestadounidense Cornel West, de Harvard: “La búsqueda del conocimiento y el mantenimiento de una sociedad libre y democrática requiere el cultivo y la práctica de las virtudes de la humildad intelectual, la apertura de la mente y, sobre todo, el amor a la verdad. Estas virtudes se manifestarán y se fortalecerán con la voluntad de escuchar atenta y respetuosamente a personas inteligentes que desafían las propias creencias y que representan causas con las que uno no está de acuerdo y puntos de vista que no compartimos”.
La cordialidad es un elemento central para la calidad de la vida política. Ha de expresarse en la colaboración con otros, en el trabajo en equipo y en el aprendizaje cooperativo. Trabajar en colaboración supone entusiasmarse con el pluralismo que no es uniformidad.
La amabilidad allana el camino hacia la cultura y artesanía del diálogo. No puede darse un verdadero diálogo cuando las preferencias subjetivas se anteponen a las razones objetivas. Puede favorecernos el método socrático: si creemos que el otro está equivocado, no debemos atacarlo ni ridiculizarlo, sino que, a partir de un punto de encuentro, llevarlo a darse cuenta de su error.
Dice un pasaje de George Orwell en el prólogo de Animal Farm: “Libertad significa el derecho de decirle a la gente lo que no quiere oír”, pero algunas personas prudentes lo viven así: “Libertad significa el derecho de decirle a la gente amablemente, con cordialidad, lo que no quiere oír”.
Quienes trabajan en la política deben enseñarnos a ser mejores, a vivir de acuerdo con unos principios. Deben enseñarnos a ser prudentes. Es de prudencia dialogar. El prudente es providente, ve lo que puede pasar antes de que ocurra, y en ese sentido es también previsor.
La colaboración humana es siempre dialógica. Afirma el profesor Vicente de Haro Romo: “El diálogo auténtico, amable, respetuoso, orientado a la verdad y al bien y condición de posibilidad de la amistad, es una de las formas en que se encarna la trascendencia del trabajo humano”. ¿Cómo andamos de prudencia? Hay mucho en juego.
La autora es administradora de negocios.