
Todo país tiene derecho al futuro que decida construir.
Se nos olvida que la felicidad que hemos logrado como colectividad existe única y exclusivamente porque hemos decidido ser distintos. A Costa Rica no la mantiene unida más que el deseo que tenemos todos de vivir en el trabajo y la paz.
La capacidad de vivir en armonía no es un commodity, es un lujo y mucho más en el barrio donde nos ha tocado construir casa. Somos país porque, aun con las diferencias, visiones ideológicas distantes y cosmovisiones en conflicto, siempre hemos reconocido que nuestra fortaleza está en lo que somos y no en lo que soy.
Pero, en esta temporada de nuestra democracia, ha caído en el ecosistema un gobernante con aires mesiánicos que ha destruido este mantra que nos ha caracterizado por décadas. No debe tomarse a la ligera la forma, indiferentemente de lo que crea sobre el fondo del movimiento chavista.
El modelo político o metodología del gobierno actual es muy sencillo, no por poco peligroso sino por trillado. Es el mismo que han usado todos los regímenes para lograr su morfología final, desde el otro Chávez, Daniel Ortega, Vladimir Putin y siga contando.
Comienza con una premisa básica: todos son cabrones menos yo, que soy quien los salvará. A partir de esa premisa, se construyen iniciativas sin interés real de ser materializadas –y ni siquiera con viabilidad política–, solamente para que sirvan como excusa y se logre consolidar este mantra: “el problema no es que no quiera comerse la bronca, es que no lo dejan”.
Si la única forma de lograr avances es la imposición absoluta, Costa Rica no habría tenido ni reforma fiscal, ni seguridad social, ni ley de biodiversidad, ni nada de nada. Costa Rica avanza cuando se cede, se negocia y se aprende. Acá, los mesías duran pocas temporadas, porque no nos sirven ni van con nuestra identidad.
Hemos sido país porque el poder se ha usado como un instrumento para construir. Pero este no es el caso con el gobierno actual, ni con la candidata heredera elegida a dedo, porque el razonamiento es: no importa llevarse entre las piernas la institucionalidad que Costa Rica ha construido durante décadas, principal razón por la cual este país es lo que es; lo único importante es que al final de toda la tormenta, el único edificio que siga en pie sea yo.
A tal punto hemos llegado en este periodo preelectoral, que, para el oficialismo, el PANI es un instrumento político y el Tribunal Supremo de Elecciones, una institución corrupta. Los medios de comunicación que no piensen como el presidente son canallas y solo es útil quien lo obedezca.
Esto es peligrosísimo, porque es la puerta de entrada al ecosistema que con tanto miedo vemos en las noticias sobre Venezuela, Nicaragua y todos los regímenes totalitarios que han desfilado en la región.
Un país sin pesos y contrapesos –en el Estado, en los medios y en su ciudadanía–, donde no se regula, no se negocia y no se exige, es un país condenado. En ese escenario, mejor apagar y vámonos.
Como atestiguan las cicatrices de la Junta Militar Argentina, y los regímenes de Pinochet, Franco, Maduro, Ortega, Noriega y Fidel Castro, entre muchos, la solución al problema de un país no es poder absoluto, sino el absoluto convencimiento de que se construye mejor cuando se construye entre distintas convicciones.
Esta modalidad introductoria de autoritarismo necesariamente debe ser una etapa pasajera en la historia de Costa Rica, o de lo contrario, será un punto final de este experimento extraordinario que hemos construido en conjunto a lo largo de décadas.
Nuestro país tiene derecho al futuro que, entre todos, decidamos construir.
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Manrique Blen Font XXXXX