
Luego de escuchar a un niño de nueve años leer un texto básico sobre los animales de la granja –donde se describían el color, el tamaño y los sonidos que emiten–, le pregunté: “¿De qué color era la vaca de nuestro cuento?”. Y, como decimos en Costa Rica, después de “batear” varias veces, no supo responder.
El Informe Estado de la Educación 2025 advierte de que la competencia lectora es la segunda con mayor deterioro en el país, solo superada por la matemática. Esta caída afecta directamente la comprensión de otras áreas, como la científica y la digital. La lectura es la base sobre la cual se construyen las demás competencias y, cuando falla, el resto del proceso se ve afectado.
Suecia apuesta por los libros impresos
El problema no es exclusivo de Costa Rica. Suecia, país que durante años fue referente en digitalización educativa, reportó un retroceso en las pruebas internacionales PIRLS. Entre 2016 y 2021, experimentó una baja de 11 puntos, equivalente a un descenso del 2% en comprensión lectora. Esta caída, aunque moderada, encendió las alarmas del gobierno sueco, que habló incluso de una “crisis de lectura” en las escuelas.
En respuesta, Suecia decidió revertir parcialmente la digitalización en las aulas. En 2023 anunció una inversión de 60 millones de euros para ese año y de 44 millones de euros anuales en 2024 y 2025, con el objetivo de garantizar un libro impreso por asignatura para cada estudiante. Lotta Edholm, quien ocupó el cargo de ministra de escuelas de Suecia hasta junio de 2025, fue clara en indicar: se busca “el regreso de la lectura a la escuela, en detrimento del tiempo de pantalla”.
Hemos priorizado la conectividad sobre los libros
En Costa Rica, nos hemos preocupado más –y, a veces, no ha pasado de ser mera preocupación– por llevar conectividad a las escuelas y colegios que por fortalecer las colecciones de libros impresos en las bibliotecas. La conectividad es necesaria, pero no suficiente.
El uso de Internet no está dedicado únicamente a educar e informar; en ocasiones –y me atrevería a afirmar que, en la mayoría de los casos– se utiliza con fines no educativos: juegos, redes sociales, entretenimiento. La abundancia de información no garantiza el aprendizaje; incluso puede dificultarlo cuando no existe mediación del docente o del bibliotecólogo con criterios sólidos para distinguir fuentes confiables.
Una colección bibliográfica previamente evaluada ofrece algo que Internet no siempre puede asegurar: información veraz, pertinente y de calidad, seleccionada por profesionales. Es un espacio que orienta, filtra y acompaña el proceso de aprendizaje.
No se trata de satanizar lo digital
La información digital es fundamental para la investigación; el acceso abierto ha democratizado el conocimiento científico. Sin embargo, la sobreexposición a contenidos de calidad desigual, sumada al uso inadecuado de herramientas de inteligencia artificial, está generando que haya estudiantes con niveles mínimos de comprensión lectora y serias dificultades para redactar con claridad.
La pregunta no es si debemos usar tecnología, sino cómo, cuándo y para qué. La lectura profunda, la que forma pensamiento crítico, requiere tiempo, concentración y un soporte que favorezca la atención sostenida. El libro impreso sigue siendo, en muchos casos, el medio más eficaz para lograrlo.
¿Y si hacemos la prueba?
¿Qué pasaría si, al menos por un tiempo, los estudiantes trabajaran únicamente con libros impresos y escribieran sus ensayos a mano, sin recurrir a la inteligencia artificial? Tal vez descubriríamos que la comprensión mejora, que la memoria se activa y que la escritura recupera su sentido formativo.
Para que no se queden con la duda: la vaca de nuestro cuento era blanca con manchas café.
Victoria Chacón Monge es doctora en Documentación, Archivos y Bibliotecas en el Entorno Digital por la Universidad Carlos III de Madrid.