Pocos conceptos han sido tan generalizados como este. Empoderar a “los pobres”, empoderar a las mujeres, empoderar a potenciales emprendedores, empoderar a los pueblos indígenas, empoderar comunidades rurales, empoderar a “los ninis”. ¿Suena conocido?
Parece que cuanto sector excluido y marginado exista, superará su condición de vulnerabilidad apenas sea empoderado. Olvidemos sus especificidades y contextos, el empoderamiento mejorará su calidad de vida. Recordemos el “dar la caña de pescar en lugar del pez”, como reza un antiguo proverbio chino.
Basta con una breve revisión a los planes de gobierno de las candidaturas presidenciales. Desde Otto Guevara hasta Edgardo Araya, pasando por Juan Diego Castro, Fabricio Alvarado, Antonio Álvarez y Carlos Alvarado, ven en el empoderamiento una clave para sacar adelante a sectores excluidos.
ONG, Iglesias, agencias de cooperación internacional, instituciones públicas, organismos multilaterales, universidades y centros de investigación también suscriben alegremente esta tesis.
El empoderamiento no conoce de restricciones ideológicas, ni distingue trincheras políticas; es transversal en la sociedad actual. Pareciera haber consenso sobre su efectividad.
No obstante, todo lo anterior supone una perversa lógica dicotómica: empoderados y desempoderados. Como un acto de caridad, los empoderados enseñan a los desempoderados la clave del éxito y la superación. Estos últimos no tienen palabra, carecen de conocimiento y, particularmente, de poder.
La espera. Es decir, los sectores históricamente excluidos tendrán que esperar pasivamente a que algún misericordioso empoderado los saque de la postergación. No se diga nada de la autonomía de las personas para hacer valer los derechos inherentes a su condición de seres humanos.
¿Quiénes son los empoderados? ¿Cómo se empoderaron? ¿Quién los empoderó?; serían preguntas para quienes emplean este discurso.
La acrítica reproducción de este planteamiento supone que el mejoramiento de la calidad de vida de las poblaciones vulneradas pasará necesariamente por la mediación de alguien que ostenta el poder, por tanto, la verdad.
A pesar de su aparente inocuidad, el discurso del empoderamiento lesiona la dignidad de aquellas personas en condiciones de vulnerabilidad; indirectamente, se frena e invalida cualquier intento de agenciamiento autónomo para superar su situación de exclusión.
Las soluciones a sus propias problemáticas vendrán de agentes externos y “empoderados”. Así pues, resulta urgente revisar con lentes críticos la trampa que supone el feliz discurso del empoderamiento.
El autor es estudiante universitario.