Si acaso pretendía acabar con nuestras amenas conversaciones, hay que decir que la Parca se equivocó de plano, pues tu desaparición terrenal, Carlos Freer Valle, no interrumpe, para nada, la fuerza de esta amistad.
Más bien, la dimensión espiritual de tu renovada presencia afianza los valores que supimos edificar en tantos años compartidos. Por eso, te invito a tomar este café. Nadie como vos para disfrutar y prolongar el variado menú de opiniones, inquietudes, reminiscencias e interminables anécdotas.
Este es un café por tu legado. Por la misión cumplida de un forjador de generaciones de cineastas nacionales y trabajadores de la comunicación colectiva. Cada vez que en algún set o locación se escuche la orden de: ¡Sonido, cámara, acción!, el inicio de cualquier proyecto audiovisual, documental o ficción, llevará, invariablemente, la simiente que sembraste en tus numerosos discípulos.
Tu percepción del mundo y tu conciencia social te llevaron a marcar hitos en el cine documental con producciones emblemáticas en los albores del Dar voz a quien no la tiene, lema que marcó el derrotero del Departamento de Cine del Ministerio de Cultura –hoy Centro de Cine–, institución de la que fuiste miembro del equipo fundador, en 1973, y director general, de 1979 a 1986.
Diversas reseñas periodísticas que se publicaron a raíz de tu trascendencia al infinito (10/12/2025) dieron cuenta de decenas de producciones con tu impronta: La cultura del guaro, Desnutrición, El enemigo oculto, Canto a dos pueblos, entre otras. Mientras evoquemos pasajes relacionados con el arduo y fecundo camino que recorriste, tocando a muchísimas personas que crecimos al amparo de tu positiva influencia, la dimensión de tu figura seguirá palpitante, incólume, intemporal.
Tu estirpe de documentalista insigne, director, productor, escritor, editor y docente de “Apreciación cinematográfica” en la Universidad de Costa Rica; la transformación conceptual y tecnológica del canal 15 –un taller estudiantil que convertiste en un canal de televisión de cobertura nacional–, o tu función de libretista en el Instituto Centroamericano de Extensión de la Cultura, entre otras producciones y emprendimientos, contabilizan logros innegables en tu trayectoria.
Al mando del Centro de Cine, te tocó enfrentar intensos desafíos. El aciago accidente en el embalse de Arenal (18/12/1980), donde, junto con el ingeniero Miguel Pablo Dengo, perdieron la vida nuestros compañeros Édgar Trigueros, Luis Rodríguez, y sobrevivió Carlos Matías Sáenz, director de fotografía, fue un golpe durísimo para todos.
En medio del drama, desplegaste tu casta de capitán de la entidad para recomponer y orientar el rumbo. Además, obligado por la crisis económica que azotó al país en los años 80, supiste adaptar el formato cinematográfico a la producción en video, reinvención que generó una pujante y novedosa colección de cortos de ficción y documentales.
Hay que destacar tu agudeza mental, sentido común, buen humor y hasta tus enojos. Inclusive, con espectros te tocó lidiar. Recordemos cuando don José Jiménez, guarda del Centro de Cine, se quejaba porque las máquinas de escribir tecleaban solas a medianoche. Entonces dispusiste que, al cierre de la jornada laboral, dejáramos hojas blancas debidamente colocadas en las máquinas (metálicas en aquel entonces), a ver si el o los fantasmas exponían por escrito sus desvelos. Al día siguiente, las hojas amanecieron limpias, tal y como las habíamos dejado en las oficinas. Y aunque el ardid no funcionó, todos celebramos jocosamente tu “malicia indígena”.
¡Son muchísimas nuestras vivencias! Mas, por ahora, vamos a dejar aquí este café, con la promesa de reactivarlo. Sigamos conversando sin horarios ni cortapisas. Que se joda la Parca, porque a la muerte solo se llega de la mano del olvido. Y eso no ocurrirá jamás.
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Roberto García H. es periodista.
