
Por años, hemos repetido una verdad que a veces pasa inadvertida: cuando a las mujeres se les abren las puertas de la educación, el país entero avanza. Las cifras más recientes del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) sobre la situación de las mujeres en Costa Rica no solo lo confirman, sino que nos interpelan con una claridad difícil de ignorar.
Según datos del INEC, las mujeres representan el 63,4% de las graduaciones de licenciatura en el país, frente al 36,6% de los hombres. Además, el 52,9% de las personas con secundaria completa son mujeres, y también predominan entre quienes se desempeñan como profesionales, científicas e intelectuales, con un 20,6% frente al 9,5% de los hombres.
Realmente, estas cifras deberían revelar disciplina, perseverancia y una profunda vocación por el conocimiento. Durante décadas, miles de mujeres han demostrado que la educación no es solamente un derecho conquistado, sino también una herramienta de transformación personal y social.
Sin embargo, las mismas estadísticas que celebran estos logros también evidencian una paradoja que Costa Rica aún no ha logrado resolver.
Aunque las mujeres lideran los indicadores educativos, su presencia disminuye cuando se observan los espacios de participación laboral y económica. La tasa femenina es del 43,2%: muy por debajo del 65,9% de los hombres. A esto se suma que el 56,8% de las mujeres en edad de trabajar se encuentra fuera de la fuerza laboral, muchas veces debido a responsabilidades familiares que aún recaen de forma desproporcionada sobre ellas.
Esta brecha no es solo una estadística; es una pérdida de talento para el país.
En medio de este panorama, emerge otro aspecto clave, que es la participación femenina en las carreras STEM, áreas que definirán la economía, la innovación y el desarrollo de las próximas décadas.
La inteligencia artificial, la ciberseguridad, la ciencia de datos, la ingeniería avanzada y la biotecnología están moldeando el futuro del empleo dentro y fuera del país. Si las mujeres quedan rezagadas en estos campos, no solo se ampliará la desigualdad, sino que el país renunciará a una parte esencial de su potencial creativo y científico.
Definitivamente, las universidades tenemos una responsabilidad histórica en este punto. No basta con abrir las aulas; debemos construir entornos que inspiren, acompañen y visibilicen a las mujeres en la ciencia y la tecnología. Las niñas deben crecer viendo ingenieras, programadoras, investigadoras y científicas como referentes posibles, cercanos y admirables. Por ello es por lo que desde nuestra trinchera procuramos impulsar iniciativas como Steminist, Beca Ing. Sandra Cauffman, entre otras.
Cuando una joven decide estudiar Ingeniería, Física o Informática, no solo está escogiendo una carrera. Está ampliando el horizonte de lo que su generación considera posible.
Las cifras también nos recuerdan que las mujeres constituyen el 50,1% de la población del país. Ignorar su participación plena en los sectores estratégicos sería, sencillamente, un error de desarrollo nacional.
Por eso, necesitamos políticas públicas, más modelos educativos y culturas institucionales que impulsen activamente la participación femenina en STEM. Necesitamos becas, mentorías, redes de apoyo y, sobre todo, confianza en el talento de nuestras jóvenes.
Porque cada mujer que entra a un laboratorio, a un centro de investigación o a una empresa no solo está construyendo su propio futuro, sino que, junto a los hombres, está ayudando a construir el futuro de Costa Rica.
Emilia Gazel es la rectora de Universidad Fidélitas.