
Hay escritores que viajan sin moverse. Martín Caparrós, por ejemplo, lleva meses recorriendo el mundo a través de palabras como partido, revolución, odio, gracias o inocentes. Caparrós no las aborda como quien copia definiciones de un diccionario, sino como quien abre una valija llena de recuerdos, rastros históricos, usos torcidos y abusos reiterados. En su columna habitual de El País, las palabras no solo significan: también cuentan historias y hacen historia.
Siguiendo ese método –que es más narrativo que filológico–, valdría la pena preguntarse por la palabra canalla: una palabra de origen italiano, canaglia, que en sus primeros significados aludía a una jauría de perros, a lo despreciable y a lo que muerde en grupo.
Con los siglos, se volvió un insulto portátil y un adjetivo que no señala errores ni conductas puntuales, sino una supuesta condición permanente. No discute lo que alguien hace, sino lo que alguien es. Al llamar canalla al otro, se le expulsa del diálogo y deja de importar lo que diga o cómo lo diga.
Después, apareció el conjunto sin matices que llamamos la canalla. Una masa sin nombre propio que no argumenta: ladra. No razona: muerde.
En Costa Rica, durante la campaña electoral de 2022, la palabra canalla encontró una pareja estable. Ya no viajaba sola: ahora iba del brazo de la prensa. Así nació la expresión prensa canalla, que no solo calificaba a ciertos medios críticos, sino que los reducía a esa condición. No eran periódicos, ni periodistas, ni preguntas incómodas: eran canallas.
Las tensiones entre gobernantes y periodistas, por supuesto, no son nuevas. Esa es una relación tan antigua como estable, fundada en el amor y el odio. A comienzos del siglo XIX, Napoleón Bonaparte entendió mejor que nadie el poder de la prensa: la utilizó para glorificar sus victorias y escribir su leyenda, pero también la persiguió, cerró periódicos y censuró contenidos.
En el siglo XX, esa tensión alcanzó extremos más oscuros. En la Alemania de los años treinta, el nacional-socialismo no se limitó a desconfiar de la prensa: la capturó. La libertad de expresión fue suprimida; los medios críticos, silenciados o eliminados, y los periódicos y las radios se convirtieron en instrumentos de propaganda. No se trataba solo de controlar la información, sino de moldear el lenguaje con el que era pensada la realidad.
Entre 2022 y 2025, Costa Rica ha vivido una versión menos dramática, pero no por ello menos inquietante, de esa historia. El señalamiento reiterado de medios como prensa canalla no implicó censura formal ni clausuras, pero sí una operación simbólica persistente: desacreditar la pregunta antes de que sea formulada, invalidar la palabra ajena antes de que produzca eco. No escuchar para responder, sino etiquetar para hacer callar.
Aquí entra en escena Victor Klemperer, un filólogo judío alemán, sobreviviente del nazismo. Klemperer hizo algo extraordinario en condiciones ordinarias y terribles: anotó palabras, giros del lenguaje, repeticiones y metáforas. De ese trabajo, nació La lengua del Tercer Reich (1947), un libro que muestra cómo el poder no solo domina cuerpos y leyes, sino también vocabularios.
Klemperer observó, por ejemplo, cómo ciertas palabras, repetidas hasta el cansancio, dejaban de describir hechos concretos para convertirse en etiquetas absolutas. Términos como enemigo, traidor o asocial ya no señalaban conductas específicas: bastaba con pronunciarlos para que cualquier argumento quedara invalidado. La palabra hacía el trabajo completo. No se limitaba a reflejar la realidad, sino que contribuía a fabricarla.
Pensar el lenguaje cotidiano –sus usos, cambios y simplificaciones– no es un lujo académico. Es una forma básica de pensamiento y de defensa. Porque cuando una palabra se impone sin discusión, deja de nombrar y empieza a mandar.
Ahí reside la paradoja de la expresión prensa canalla: amplía el lenguaje porque inventa un nuevo sentido, pero a la vez lo empobrece, porque clausura los demás. Nombrar así a ciertos medios no solo redefine qué es prensa y qué es canalla: vuelve sospechosas, de antemano, las palabras que esos medios publican. Como le ocurrirá, seguramente, a este artículo.
Tal vez, dentro de algunos años, la palabra canalla siga su viaje y encuentre nuevos destinos. Mientras tanto, conviene imaginarla como lo que es hoy en Costa Rica: una palabra rabiosa soltada en el espacio público, sin bozal ni responsabilidad, convencida de que morder es una forma superior de argumentar.
jurgenurena@yahoo.com
Jurgen Ureña es cineasta.
