
No fue sino hasta finales del pasado siglo, siendo ya un adulto joven, que, en una serie de televisión estadounidense, me enfrenté por primera vez a un fenómeno que me dejó perplejo entonces, pero para el cual, a estas alturas del nuevo siglo, ya he perdido la capacidad de asombro.
Versaba la serie sobre un presentador de un programa televisivo de bricolaje, muy campechano y que, para los estándares actuales, era políticamente muy incorrecto, especialmente con las mujeres y con su copresentador, quien tenía unos cuantos kilos de más. Pero lo que me sorprendió con la fuerza de un varillazo en los dientes fue ver que este personaje no solo era una persona ignorante en muchos ámbitos, sino que, además, se jactaba de ello.
Hasta ese entonces, yo tenía para mí, como parte del consenso general o la regla común, que la ignorancia era un mal. O un disvalor. Un mal para aquellos que, por circunstancias de la vida y no teniendo acceso a la educación, veían su vida acotada a los estrechos márgenes que brinda el mercado a quien no tiene algo valioso, más allá de su tiempo, que intercambiar. Algo que, a su vez, limitaba sus posibilidades de desenvolvimiento social.
La ignorancia, en este caso, era una prematura condena a cadena perpetua, sin libertad condicional. Y creo que es experiencia común conocer a personas sumamente capaces e inteligentes que ven acotadas sus posibilidades por esta carencia, así como oír a otras lamentarse de su falta de oportunidades o de sus malas decisiones.
Pero la ignorancia también se consideraba un disvalor, muy particularmente asociado a quienes, habiendo tenido la oportunidad, decidieron no cultivarse o, peor aún, quienes, siendo inteligentes y educados, optaban conscientemente por hacer dejación de sus conocimientos y capacidades para caer en manos de (o arrojarse en brazos de) fundamentalismos, supercherías, prejuicios o creencias infundadas por puro gusto.
En todo caso, tratárese de la condición que se tratare, antes nadie acostumbraba a hacer gala de su ignorancia como un timbre de orgullo, una divisa, un mérito o un galardón.

En ese tiempo, la educación era vista, por amplios sectores de la población, como una –o la– vía de ascenso social, para quienes no solo no habíamos nacido con una cuchara de plata en la boca, sino que ni siquiera traíamos un bollo de pan bajo el brazo. Aprovechar sus oportunidades para salir de la ignorancia fue el motor de la prosperidad de las generaciones de posguerra en todo el mundo occidental. Y ese mismo evangelio se lo vendimos a nuestros hijos, aunque, por otras circunstancias, no parezca estarles funcionando igual de bien. O no a todos. O no todo el rato.
Sin embargo, la revolución tecnológica que venimos viviendo en el último medio siglo parece estar subvirtiendo esa apreciación, y nuestro presentador no era sino el adelantado, el abanderado de una nueva camada de hombres que creen que la educación formal es un atraso; leer es una forma aburridísima e ineficiente de exponerse a “contenido”; la ciencia, una actividad onanista de unos cuantos rarezas; la memoria, una muy deficiente versión de un buscador, y la cultura, un pretencioso gusto adquirido de gente que se cree más que los demás.
Estos especímenes no solo no se avergüenzan, sino que llevan la jactancia del presentador al extremo de querer darnos lecciones sobre todo lo humano y lo divino con la arrogancia de quien cree saberlo todo por ciencia infusa o inspiración divina o revelación psicodélica.
Y, habiendo cambiado el micrófono del presentador por la cámara frontal de su teléfono inteligente, ahí los ve uno, diciendo memeces sin tasa sobre salud, alimentación, conquista, ejercicio, inversiones, propósito, compras, perfeccionamiento, ciencia (¡sí, ciencia!), turismo, matrimonio, tecnología, entretenimiento, gastronomía y lo que se les ocurra. Ah: y política. Dunning-Kruger, pero en esteroides.
Y no tiene nada de extraño: siempre han estado ahí. La muy evolutiva tendencia de regresión a la media nos condena a que, como especie, por mucho que aumente la capacidad asociada a un cociente intelectual de 100, la distribución normal de esa cualidad (represente lo que represente) deja siempre a la mitad de la población por debajo de esa norma. Pero ahora tienen teléfono. Inteligente.
Y así, aquellos que creíamos que la educación y el conocimiento eran motores del progreso, cuya flecha siempre volaba hacia adelante y hacia arriba, nos vemos pública y masivamente desmentidos en nuestra ingenuidad, y no nos resta sino entender que, generación tras generación, nos tocará, como especie, seguir lidiando con terraplanistas, antivacunas o conspiranoicos, hoy sí y mañana también.
Volverán a florecer la astrología, la quiromancia y la rabdomancia. Retornarán brujas, duendes y hadas. Y tendremos que convivir con ello, como lo hemos hecho con la pobreza, resignados a aceptar que no hay nada que hacer; que somos, constitutiva e irremediablemente, así: irracionalmente humanos.
inigolejarza@pm.me
Íñigo Lejarza es bachiller en Psicología y máster en Administración de Empresas. Ha dedicado su carrera al análisis de datos y la investigación de mercados, especialmente en medios de comunicación y publicidad.