
El decurso del tiempo no solo muestra los cambios que se han producido en nuestras formas de vivir, sino también los que afectan nuestras formas de morir y de lidiar con la muerte, la ajena y la propia.
Las diferentes formas en que los grupos humanos tratamos a nuestros muertos están entre los rasgos culturales más fuertemente reacios a los cambios.
Los ritos funerarios encarnan no solo nuestro respeto y aprecio por las personas que nos antecedieron y que fueron relevantes para nosotros, sino también, y quizá más importante, nuestra noción de qué sucede con esas personas una vez que han expirado y han sido sometidas a las ceremonias del pasaje.
Así, por ejemplo, el hermoso rito del funeral católico escenifica, simultáneamente, el homenaje público al difunto, la solidaridad y el acompañamiento a los deudos, la despedida de la comunidad para su inhumación y la entrega del alma al juicio de su Creador. Sin embargo, vemos cómo estos ceremoniales, mantenidos con cambios mínimos durante siglos, han comenzado a cambiar de manera muy perceptible.
El entierro de seres humanos enteros, testimoniado por espacios públicos poblados por siglos con símbolos de su importancia histórica, ha ido cediendo paso a formas más frugales de manejar los restos. La explosión demográfica del siglo pasado, el alto costo de la tierra, los avances tecnológicos y los cambios teológicos han impulsado el uso de servicios crematorios como forma de disposición de los muertos.
Esto, aunado a la laicización progresiva de las sociedades occidentales, la multiplicidad de creencias entre quienes profesan cultos y el tráfago de la vida moderna (de tiempos cortos y distancias largas), ha afectado también las ceremonias, cada vez más breves, cada vez más escuetas, cada vez más laicas y cada vez menos solemnes y más prosaicas.
Pero la modernidad no solo ha cambiado la forma de lidiar con nuestros muertos, sino también las formas de morirnos. La más o menos plácida muerte natural en el propio lecho ha venido siendo suplantada (como otrora pasara con el nacimiento) por el fallecimiento en una sala de hospital o en el estéril e impersonal cuarto de un asilo o una residencia. Morirse en casa ya es un lujo.
Han cambiado también las razones de muerte. El mundo de hace tres generaciones, en que las enfermedades infectocontagiosas sembraban el terror de padres e hijos, ha quedado muy atrás (al menos en Occidente), merced a los avances de la ciencia y las tecnologías médicas, encarnados en los esquemas de vacunación temprana y universal (ahora curiosamente en entredicho, en una muestra de estupidez colectiva que amenaza con retrotraernos al siglo XIX).
Ahora nos morimos de padecimientos que obedecen a nuestro éxito en supervivencia (propiciado por lo antedicho), que, al hacernos más longevos, propicia la aparición de trastornos nocivos de reproducción celular. O por padecimientos que nosotros mismos propiciamos –o agravamos– con nuestras decisiones y nuestros comportamientos.
Aun cuando tengamos herramientas de diagnóstico temprano y tratamientos cada vez más exitosos, ahora nos morimos de todo tipo de cánceres imaginables. Y nos morimos también de trastornos que son consecuencia de nuestros modernos estilos de vida: somos cada vez más sedentarios y más modorros; más pesados, por comer en función de los gustos propiciados por una industria voraz y amoral, y más intoxicados por entornos cada vez más contaminados y por la exposición cotidiana a sustancias deletéreas.
Este cambio en las causas de mortalidad supone, quiérase o no, un desplazamiento radical en el campo de las responsabilidades. Pasamos de una salud centrada en el modelo de diagnóstico, medicamento y cura a otra basada en el diagnóstico, el cambio de conducta y la prevención. Esto desplaza hacia nuestros propios hombros una mayor responsabilidad: la de aprovechar, conscientes de los riesgos a los que estamos expuestos, los numerosos recursos de conocimiento, servicios e infraestructura que tenemos a disposición para prolongar no tanto la duración de la vida cuanto la calidad con la que deseamos vivirla.
Este desplazamiento hacia una mayor autonomía individual en el cuidado de la salud y la prolongación de la calidad de vida comienza a tener –al menos en algunos países– una consecuencia naturalmente derivada: la autonomía para decidir, libremente y desde el fuero personal, cómo deseamos afrontar ese último –o penúltimo, según se vea– tránsito. Superados algunos mitos y ritos del pasado, surge así la libertad de trabar amistad con la muerte en nuestros propios términos.
inigolejarza@pm.me
Íñigo Lejarza es bachiller en Psicología y máster en Administración de Empresas. Ha dedicado su carrera al análisis de datos y la investigación de mercados, especialmente en medios de comunicación y publicidad.
