
Sí, se trata de dos metamorfosis. Una, la que escribió Franz Kafka, autor nacido en Praga, en 1915. Otra, la que redacta a diario, y desde 2022, un costarricense llamado Kafkarrabias.
Reproduzco, a continuación, el inicio de ambas obras; la primera, escrita con tinta; la segunda, con bilis.
Así comienza el texto de Kafka: “Cuando Gregor Samsa despertó una mañana de un sueño inquieto, se encontró en la cama convertido en un monstruoso insecto”.
Así empieza el escrito de Kafkarrabias: “Cuando el ejercicio del poder despertó una mañana después de una campaña electoral tóxica, se encontró en el sillón presidencial convertido en un espantoso agresor”.
Continúa el relato de Kafka, quien vivió entre 1883 y 1924: “Yacía sobre su dura espalda, parecida a una coraza, y veía, cuando levantaba un poco la cabeza, su estómago abombado, de color marrón, dividido por durezas arqueadas, sobre el que la manta, a punto de deslizarse hasta el suelo, apenas podía mantenerse”.
Prosigue la trama de Kafkarrabias: “Yacía la lamentable versión del ejercicio del poder sobre su duro odio, parecido a una coraza, y veía, cuando levantaba un poco la cabeza, su arrogancia abombada, de color venganza, dividido por gritos estridentes, sobre el que el respeto, a punto de deslizarse hasta el suelo, a duras penas podía mantenerse”.
Dice el cuento de Kafka, muerto a causa de la tuberculosis: “Sus numerosas patas, de una delgadez deplorable en comparación con su volumen corporal, vibraban desvalidas ante sus ojos”.
Cuenta Kafkarrabias sobre la nueva versión del ejercicio del poder: “Sus numerosos ataques, de una bajeza deplorable en comparación con la educación y la cortesía, vibraban en los medios de comunicación a su servicio”.
De nuevo, las palabras de Kafka, autor también de En la colonia penitenciaria, cuento escrito en octubre de 1914: “¿Qué me ha ocurrido? –pensó. No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, tal vez algo pequeña, aparecía tranquila entre las habituales cuatro paredes”.
Una vez más, Kafkarrabias, autor de una caprichosa colonia penitenciaria: “¿Qué me ha ocurrido? –pensó el ejercicio del poder. Una pesadilla para el país. Su ego, una auténtica habitación de Narciso, nada pequeña como su vanidad, aparecía exultante entre las habituales cuatro paredes de lo ordinario”.
Otra vez Kafka, quien tuvo una relación conflictiva con su padre, Hermann Kafka: “Sobre la mesa, en la que se extendía un muestrario desordenado de mercancías de paño –Samsa era viajante de comercio–, colgaba una foto, recortada hacía poco de una revista ilustrada, y que había colocado en un bonito marco dorado”.
Volvemos con Kafkarrabias: “Sobre el escritorio, en el que se extendía un muestrario desordenado de promesas incumplidas –el ejercicio del poder era, ahora, demagogo– colgaba una foto de sí mismo, recortada hacía poco de una revista sin sustancia, y que había colocado en un preocupante narco dorado”.
Finalizamos con Kafka, quien trabajó en una compañía de seguros: “Mostraba a una dama tocada con un sombrero de piel y cubierta con una boa también de piel, sentada muy erguida”.
Concluimos con Kafkarrabias, quien también tiene experiencia en el campo de los seguros: “Mostraba a una dama, un alfil, una torre, un caballo y un peón aplastados por una bota de piel, y arriba, el denigrante ejercicio del poder muy erguido”.
Cabe recordar que Franz Kafka pidió que sus obras fueran destruidas tras su muerte; Kafkarrabias, por su parte, se esmera en destruir, en vida, las obras de otros. No es casual que el término “kafkiano” se use para describir situaciones absurdas.
José David Guevara Muñoz es periodista.
