
Como docente y empresario en el campo tecnológico, tengo claros los enormes beneficios que el ser humano percibe y percibirá a partir de la aplicación de la tecnología en los más diversos campos de su quehacer.
Hoy, es imposible separar la evolución de la raza humana de su nexo fundamental con la tecnología como vehículo de desarrollo, y gracias a ello, el conocimiento se ha multiplicado; las distancias, acortadas; las esperas por información, reducidas, y la capacidad como sociedad, ampliada.
No obstante, este progreso produce en simultáneo una factura que pagar, y esta afecta por igual a toda nuestra sociedad. Ya varios investigadores han descrito de manera contundente, clara y bien fundamentada importantes impactos negativos a nivel individual y como sociedad. De hecho, se pueden revisar los trabajos al respecto de Nicholas Carr (“Mentes superficiales”), Pablo Gámez Cersósimo (“Depredadores digitales”) y Cal Newport (“Céntrate”), entre otros.
Algunos de estos efectos son directos, como el consumo energético y el manejo de desechos; otros son más sutiles y no por eso menos relevantes. Uno de los efectos menos visibles se relaciona con la transformación cerebral, evidenciada en cambios conductuales y fisiológicos, a partir del uso continuo de la tecnología.
En concreto, me refiero acá a la relación entre el uso de elementos tecnológicos y la potenciación de la inmediatez, entendida esta última como la necesidad del ya, de la gratificación instantánea y su peligrosa evolución hacia la importancia que se da hoy al “tener” y al “poder mostrar” en el menor plazo posible, sin importar los medios para lograrlo.
Las redes sociales en todas sus modalidades, los dispositivos móviles y las mismas presiones sociales nos han venido acostumbrando a que nuestros cerebros demanden dosis inmediatas de dopamina y esta condición permea y afecta nuestros comportamientos, al punto de que se perciben cambios en las mismas estructuras físicas del cerebro. Esto propicia una especie de círculo vicioso que nos incapacita cada vez más para la paciencia y la concentración prolongada.
La inmediatez, aunque parezca inofensiva o hasta beneficiosa, provoca que no estemos dispuestos a dedicar esfuerzos ni a aceptar plazos de espera para obtener resultados. Más bien, se opta siempre por el camino más fácil, aunque este sea éticamente cuestionable.
Indudablemente, esta condición de lo inmediato viene a contribuir con la propagación de la corrupción, el narcotráfico y las debilidades en la formación de nuestros jóvenes y adolescentes en el plano del pensamiento crítico, la resolución de problemas complejos, la capacidad lecto-escritora y la capacidad de concentración. En definitiva, la necesidad del ya deteriorar nuestra capacidad para el pensamiento pausado y profundo, la capacidad para la visión holística y el compromiso con el largo plazo.
Aunque estos efectos son generalizados en toda la población, resultan más preocupantes en las personas jóvenes y los niños, en quienes tenemos depositado el futuro. Sobre todo porque, al ser muchos de ellos “nativos digitales”, el uso de elementos tecnológicos es parte integral y natural de su día a día.
Sin embargo, también es preocupante la afectación de la inmediatez en los esquemas de pensamiento de políticos, gobernantes y formadores de opinión, encargados de construir las estructuras de convivencia y desarrollo para las próximas generaciones.
Es importante no confundir aquí el sentido de urgencia con la condición de la inmediatez; la urgencia no implica la renuncia a la visión de largo plazo o integral en la resolución de problemas apremiantes. Lo urgente tiene una connotación muy diferente a la búsqueda de la inmediatez como generador de satisfacción y hasta de procrastinación, lo cual iría en contra de la atención, precisamente, de lo urgente.
El reto es grande, pues debemos tomar conciencia y comprometernos para no caer en la esclavitud que produce la búsqueda de la inmediatez como vehículo de realización personal. Esto, al tiempo que convivimos con la realidad tecnológica, que es inherente y necesaria en nuestra sociedad.
Reconocer y difundir la amplia gama de efectos negativos que tiene la inmediatez debe ser parte de los procesos formativos, así como de las prácticas cotidianas, personales y colectivas.
Jensolano@itcr.ac.cr
Jennier Solano Cordero es empresario y docente del TEC.