
Detesto las preguntas laberínticas, esas interrogantes que nacen con una palabra tan pequeña como el agujero de un hormiguero, pero poco a poco adquieren el tamaño de una guarida de cangrejo y llegan a ser tan extensas y enmarañadas como los túneles que cavan los topos.
Lo que no me gusta de ellas es que, pudiendo ser claras, directas y concisas, para que no quede duda de adónde quieren llegar, de repente se engolosinan con la palabrería y la verborrea, y crean confusión.
“¿Qué habrá querido preguntarme?”, piensa con justa razón el destinatario de una de esas interrogantes complicadas y enrevesadas.
Cada vez que leo o escucho una interrogante de ese tipo, recuerdo las atinadas palabras de don Julio Rodríguez, excolumnista y editorialista del periódico La Nación: “Quien piensa claro, se expresa con claridad, y quien piensa enredado, se comunica con dificultad”.
Suscribo esa sentencia, pero sostengo que hay otro factor de peso que en ocasiones atenta contra las preguntas cortas: la vanidad de quien interroga. Es el caso de quienes preguntan para lucirse, exhibirse, más que para aclarar; ignoran el encanto y poder de las interrogantes breves y bien planteadas.
Por eso disfruté tanto, en junio pasado, de la lectura del libro George Steiner, el huésped incómodo, del italiano Nuccio Ordine. El capítulo “La entrevista póstuma” es una oda a las preguntas cortas.
Sin embargo, en ese mismo mes experimenté un ligero sinsabor leyendo la entrevista de 188 páginas que el escritor francés Fréderic-Yves Jeannet le hizo a lo largo de un año y vía correo electrónico a su colega Annie Ernaux, Premio Nobel de Literatura 2022.
La tentación de pavonearse
En la primera de esas obras, se incluye una entrevista de 16 preguntas, todas ellas de una o dos líneas; hay, incluso, una de apenas tres palabras.
Afortunadamente, Ordine no cedió a la tentación de pavonearse con extensas interpelaciones eruditas ante Steiner (1929-2020), considerado un arquetipo del intelectual europeo, pues fue filósofo, crítico y teórico de la literatura y la cultura franco-anglo-estadounidense; se especializó en literatura comparada y teoría de la traducción.
En el segundo caso, si bien el libro nació con la idea de un distendido intercambio de preguntas y reflexiones, lo cierto es que hay muchas interrogantes que bien pudieron ser más directas; por ejemplo, aquellas de 16, 22 y hasta 24 líneas. La insoportable pesadez de las preguntas largas…
No es casual que yo haya echado mano del título de una de las novelas del escritor checo Milan Kundera (1929-2023), La insoportable levedad del ser, para parafrasearlo y titular este artículo.
Kundera era, básicamente, un escritor que preguntaba. Sus libros invitan a los lectores a plantearse cuestiones relevantes en torno a grandes temas humanos: amor, libertad, egoísmo, fragilidad, temor, lealtad, contradicciones, incertidumbres, sueños…
La edición de La insoportable levedad del ser que guardo en casa tiene preguntas en 148 de las 329 páginas. No obstante, no son interrogantes laberínticas.
En la página 268 de esa novela ambientada en Praga, Kundera escribió que “la pregunta es como un cuchillo que rasga el lienzo de la decoración pintada, para que podamos ver lo que se oculta tras ella”.
Agrego, con base en la soportable levedad de las interrogantes que planteó ese autor, que cuanto más fino y preciso sea el corte que se haga con ese cuchillo, con más claridad vamos a ver lo que se esconde detrás del lienzo.
Como bien dijo el escritor egipcio Naguib Mahfuz (1911-2006): “Puedes saber si un hombre es inteligente por sus respuestas. Puedes saber si un hombre es sabio por sus preguntas”.
José David Guevara Muñoz es periodista.
