Hace ya algunos años, Carlos Bosombrío escribía en la revista Ideele y en el marco de la realidad del Perú, un interesante artículo acerca de la inseguridad ciudadana y, tratando de ofrecer pistas para una realidad no muy diferente a la nuestra, hacía ver cuán urgente es evitar ser ingenuos, creer en falsedades y asumir –de una vez por todas-- el reto de diagnosticar las causas para así, de un modo más inteligente y realista, entender un problema que nos afecta a todos de una u otra forma.
Convertido en el gran tema de la presente campaña electoral, el tema de la seguridad ha de interesarnos pero también nos hemos de convertir en rebeldes de frente al rol del ¨inculto actitudinal¨ o de aquella condición deplorable que Chomsky llamaba ¨idiotez del ciudadano medio¨.
En su tesis doctoral, Ma. del Carmen Hurtado de la Universidad Castilla-La Mancha, define la seguridad ciudadana como ¨protección de personas y bienes contra aquellos actos violentos que ponen en peligro los derechos fundamentales reconocidos por la Constitución, en concreto, derecho a la vida, a la libertad personal, a la inviolabilidad del domicilio y a la propiedad¨ (p.11). Inseguridad, por tanto, sería lo contrario a lo que aquí se describe.
Es muy claro que la inseguridad es hoy día una de las características más notorias y decisivas de nuestras sociedades. También es claro que la extensión de la violencia es tal, que ya se ha desbordado en un clima generalizado de criminalidad.
Causas múltiples. Quienes han pensado más y mejor sobre el tema, hacen ver que las grandes causas de la inseguridad que sufrimos son, esencialmente, las siguientes: el desempleo que golpea a tantos y frena la movilidad social, la mala distribución de la riqueza y el poco acceso de grandes sectores sociales a una educación adecuada y, finalmente, el deterioro de la realidad familiar.
Como se ve, el asunto de la inseguridad y la violencia no es un tema solo abordable desde la multiplicación de efectivos policiales, ni se trata de armar hasta los dientes a las fuerzas del orden ni tampoco es asunto de reprimir más y por más tiempo a los delincuentes en un sistema penitencial que es incapaz de rehabilitar a nadie, sino más bien, todo lo contrario.
Debido a que “el frío no está en las cobijas”, ningún candidato ni partido pueden, ni deben, esperar solucionar el problema de la poca seguridad ciudadana sin tocar lo puntual: las causas de la inseguridad misma.
Tengo la impresión de que es una vía equivocada la que llevan encaminada los partidos políticos y sus respectivos candidatos al intentar ofrecer, como solución final de cara al gran tema de la presente campaña, solamente medidas de tipo represivo, aumentos significativos en el número de los policías o poner toda la confianza en las posibles consecuencias que, en términos de eficacia, puedan deparar sustanciales mejoras laborales para los cuerpos policiales.
Sin querer afirmar que algunas de estas medidas son, a la corta, necesarias; es también claro que, a la larga, atender las causas de la inseguridad valdría la pena. Sin solucionar lo que genera la situación presente, me parece, pasaremos toda la eternidad y tres días más y la realidad de salir a la calle será igualmente o más peligrosa aún de lo que ya es.
Sin atender causas, la indefensión presente y los riesgos que corran nuestros derechos ciudadanos, irán en aumento y ello, del modo más y más irremediable de día en día.