
Los centros educativos fueron concebidos como lugares de conocimiento, de aprendizaje, de convivencia y de formación de cada costarricense y, en general, de cada niño y adolescente que vive en la tierra del “pura vida”.
Sin embargo, en los últimos años se han visto acorralados por una realidad que contradice su esencia: la inseguridad y la violencia dentro y fuera de ellos.
El fenómeno no es nuevo, porque nuestros abuelos y padres tuvieron diferencias por un lápiz, un borrador, una novia o novio. Pero hoy el problema es más complejo, ya que la violencia trasciende los asuntos de antaño.
Bullying, consumo y venta de drogas, portación de armas y violencia en general, son síntomas de un problema estructural que convierte a las escuelas y colegios en reflejos incómodos de lo que ocurre en nuestra sociedad.
El acoso escolar
El acoso en las escuelas y colegios suele empezar como un juego aparentemente inocente: un apodo, una broma, una exclusión. Pero, con el tiempo, se transforma en un patrón sostenido de agresión que deja huellas profundas en la autoestima y la salud mental de quien lo sufre.
La víctima lleva cicatrices invisibles durante años; el agresor, por su parte, aprende que la violencia es un camino legítimo para ejercer poder sobre los demás. Ambos quedan atrapados en un ciclo que, si no se interviene, tiende a reproducirse en la adultez.
No es un simple conflicto entre pares: es una forma de violencia estructurada que, en muchos casos, desemboca en depresión, ansiedad, deserción escolar e incluso intentos de suicidio.
El mercado de las drogas en los alrededores
En los alrededores y dentro de muchos centros educativos, prolifera un comercio tan lucrativo como destructivo. Las drogas se ofrecen con la misma naturalidad que se podrían vender empanadas o refrescos, y los adolescentes, en su búsqueda de identidad y pertenencia, se convierten en presas fáciles.
En ocasiones, la venta se infiltra incluso frente a las narices de los docentes y su personal administrativo, porque se utiliza a estudiantes como intermediarios de los grandes vendedores.
La ironía es dolorosa: los centros educativos que deben enseñar sobre los riesgos del consumo de drogas, están rodeados de tentáculos que promueven esta acción. La contradicción erosiona la autoridad de los programas educativos y expone a los estudiantes a una doble moral que confunde más de lo que orienta.
Armas en las mochilas
Ya no siempre es solo un rumor alarmista que algún estudiante lleva consigo un cuchillo o hasta un arma de fuego; es una realidad documentada en distintos centros educativos del país.
Y, aparte del gran peligro de potenciales actos violentos, se produce un efecto psicológico en la comunidad educativa: el de vivir con miedo. Cuando el salveque escolar se convierte en el escondite de un arma, la confianza en el entorno se desmorona.
¿Qué pueden hacer los centros educativos?
La tentación inicial es pensar en más seguridad física: guardas, cámaras, detectores de metales. Si bien esas medidas pueden disuadir de ciertos comportamientos, por sí solas resultan insuficientes. La inseguridad en los centros educativos requiere un abordaje integral y preventivo. Algunas acciones clave son:
- Programas de educación socioemocional. Incluir en el currículo estrategias para la gestión de emociones, la resolución pacífica de conflictos y el fortalecimiento de la empatía. Un estudiante que sabe manejar la frustración tiene menos probabilidades de recurrir a la violencia.
- Protocolos claros y eficaces de atención. Los casos de bullying, venta de drogas o portación de armas deben ser atendidos con procedimientos rápidos y transparentes. La impunidad en el aula genera la misma sensación de abandono que en la sociedad.
- Trabajo coordinado con la comunidad y las familias. La escuela no puede actuar sola. Necesita alianzas con asociaciones de desarrollo, comités de seguridad comunitaria y, sobre todo, padres y madres de familia. La prevención empieza en el hogar, pero se refuerza en la institución.
- Presencia institucional preventiva. El Ministerio de Seguridad Pública (MSP) debe trabajar en conjunto con el Ministerio de Educación Pública (MEP), con programas de prevención juvenil e inspecciones en los centros educativos. No se trata de militarizar las aulas, sino de crear una red de apoyo que proteja a los estudiantes de influencias delictivas externas.
- Espacios extracurriculares de pertenencia. El deporte, el arte, la música o el voluntariado son alternativas que permiten canalizar energía, construir identidad y alejar a los jóvenes de conductas de riesgo. Una banda estudiantil o un equipo deportivo pueden ser tan preventivos como un operativo policial.
Más allá de las rejas y cámaras
La seguridad en los centros educativos no debe confundirse con barrotes, la antigua isla San Lucas o una vigilancia excesiva. Se trata de crear un ambiente donde los padres o encargados sientan que sus hijos están seguros, son valorados y pasan acompañados y protegidos. Una institución educativa que combina firmeza en la disciplina con calidez en el trato resulta un verdadero factor de contención social.
Las escuelas y colegios no son islas: reflejan las luces y sombras de la sociedad que los rodea. Por eso, hablar de inseguridad escolar es hablar también de desigualdad, de exclusión, de violencia normalizada.
La buena noticia es que la escuela también puede ser un laboratorio de cambio social, un lugar donde se ensayen nuevas formas de convivencia y se construya ciudadanía resiliente.
La pregunta es concreta, aunque su respuesta sea compleja: ¿queremos que nuestros niños y adolescentes aprendan en aulas convertidas en trincheras o todavía es posible que su aprendizaje ocurra en la Costa Rica del “pura vida”?
Dionisio Rojas González es director de Cefolog de Costa Rica.