La homilía pronunciada por monseñor Javier Román Arias, presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, en la basílica de Nuestra Señora de los Ángeles el pasado sábado, merece algo más que un aplauso protocolario. Merece el compromiso firme y sincero de quienes tenemos la responsabilidad de representar a los costarricenses.
La voz de la Iglesia nos recordó con absoluta claridad: “El verdadero liderazgo no se construye desde la soberbia o la confrontación, sino desde la cercanía, el servicio y la capacidad de levantar ánimo en el corazón de los demás”. Y añadió algo que no deja lugar a equívocos: los desafíos que tenemos por delante son demasiado grandes para enfrentarlos divididos.
Ese mensaje cuenta con nuestro absoluto respaldo. El 1.° de mayo, ante la Asamblea Legislativa, la fracción de Liberación Nacional proclamó un compromiso de fondo: desterrar el odio y el insulto de la política, impulsar el diálogo constructivo y respetuoso, y tender una mano a la presidenta Fernández para construir soluciones que beneficien a Costa Rica. Dijimos entonces –y lo repetimos hoy– que la unidad nacional no es debilidad: es patriotismo.
La homilía de monseñor Román Arias nombró, uno a uno, los mismos dolores que hemos venido señalando: las familias golpeadas por la violencia, los jóvenes tentados por la desesperación, las listas de espera que se convirtieron en condenas silenciosas, los agricultores abandonados, las comunidades costeras que miran el futuro con angustia. Estas son las verdaderas prioridades del pueblo costarricense y de nuestro partido.
Y en esa misma homilía, la Iglesia hizo un llamado que compromete a todos los poderes del Estado –Ejecutivo, Legislativo y Judicial– a asumir juntos la responsabilidad de sacar adelante al país. Nosotros decimos presente. Estamos en la mejor disposición de construir puentes para trabajar en conjunto con los demás poderes y sectores de la sociedad.
La Iglesia asumió con valentía su rol como faro de luz en medio de la niebla política. Como brújula moral en un momento en que la sociedad costarricense necesita orientación. Esa es, precisamente, la vocación histórica de la Iglesia en nuestra patria: no callar cuando el bien común está en juego, hablar con valentía aunque sea incómodo, y recordarnos que, detrás de cada decisión política, hay personas concretas, familias y sufrimientos reales.
Y ese bien común hoy demanda con urgencia que la presidenta Laura Fernández tome una decisión de fondo: romper con el pasado de polarización. No como un gesto de debilidad, sino como el acto de grandeza que solo los líderes verdaderos son capaces de hacer.
El pueblo costarricense no eligió la continuidad del enfrentamiento. Eligió un cambio de estilo, de actitud, de cultura política. Eligió que Costa Rica vuelva a ser un país de liderazgos respetuosos que colaboran en la lucha contra los enemigos verdaderos: el crimen organizado, la falta de oportunidades y el odio que divide.
Desde Liberación Nacional, hemos sido claros: ofrecemos una oposición firme para defender la democracia y una oposición útil para resolver los problemas de la gente. Donde haya propuestas que beneficien a Costa Rica, las apoyaremos. Pero para que ese diálogo sea posible, necesitamos que el Ejecutivo esté dispuesto a sentarse a la mesa sin arrogancia, sin amenazas y sin el inaceptable recurso del insulto que tanto dañó a nuestra democracia durante el periodo anterior.
La homilía nos recordó, además, que “al final, toda autoridad pasa, y el poder pasa. Lo que permanece es el bien que se hizo, la paz que se sembró y el amor con que se sirvió a los demás”. Esa es la medida con que la historia juzgará a este gobierno y a la Asamblea Legislativa. Comprometámonos a dejar un legado de luz que llene de esperanza el corazón de los costarricenses.
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Álvaro Ramírez es diputado de la República y jefe de fracción de Liberación Nacional.