
Hubo un tiempo en que querer abolir la esclavitud era considerado radical. Hubo un tiempo en que defender el voto femenino era visto como una amenaza al orden social. Hubo un tiempo en que exigir jornadas laborales dignas, educación pública o derechos civiles era motivo de burla, miedo o rechazo.
En cada una de esas épocas existieron personas que incomodaban; personas acusadas de querer cambiar demasiado rápido el mundo, que cuestionaban costumbres, privilegios y estructuras consideradas naturales. A esas personas probablemente hoy las llamarían progres. Y, sin embargo, gracias a ellas, el mundo avanzó.
Ser progre se ha convertido, para muchos sectores conservadores, en un insulto. Para muchas personas, la palabra evoca ingenuidad, elitismo, exageración moral o desconexión de la realidad. Incluso han surgido identidades construidas alrededor del rechazo al progresismo: “anti-progre”, “anti-woke”, “antizurdos”.
¿Pero qué significa ser progre? En su sentido más elemental, no significa creer que todo lo nuevo es bueno. Tampoco significa despreciar la tradición, ni negar la complejidad humana. Significa algo mucho más simple y mucho más importante: creer que la sociedad puede progresar. Creer que la injusticia no es inevitable; que el sufrimiento humano puede reducirse, y que la violencia, la discriminación y la exclusión no deben aceptarse como el precio normal de la vida en sociedad.
El progresismo nace de una incomodidad ética frente al dolor ajeno, de la idea de que no basta con decir que “así son las cosas”, cuando es claro que las cosas pueden ser mejores.
Por eso, el progreso humano casi siempre ha comenzado como una molestia. Quienes impulsaron los derechos laborales molestaron a empresarios poderosos. Quienes defendieron la igualdad racial incomodaron a sociedades enteras. Quienes exigieron derechos para las mujeres fueron acusadas de destruir la familia. Quienes hoy defienden derechos para minorías sexuales o cuestionan modelos urbanos excluyentes generan la misma reacción que han provocado históricamente todos los movimientos de ampliación de derechos: resistencia.
El conservadurismo cumple una función importante. Las sociedades necesitan prudencia, estabilidad y memoria histórica. No todo cambio es automáticamente positivo, pero el problema aparece cuando el miedo al exceso de cambio se transforma en oposición al cambio mismo; cuando se romantiza el pasado solo porque es conocido, y el resentimiento cultural se convierte en identidad política.
Definirse únicamente como “anti-progre” es una postura profundamente reactiva, que no propone una visión de futuro, sino una resistencia al futuro. Y una sociedad que deja de aspirar a progresar comienza lentamente a cavar su propia tumba. Porque el progreso no es una ideología cerrada; es una disposición moral y la voluntad de corregir aquello que produce sufrimiento innecesario.
Ser progre es preguntarse si las ciudades podrían ser más humanas; si el transporte público podría dignificar la vida cotidiana; si las mujeres podrían vivir con menos miedo; si las personas pobres podrían tener más oportunidades; si las diferencias entre seres humanos podrían dejar de convertirse en jerarquías. Y nada de eso debería ser escandaloso.
De hecho, casi todo aquello que hoy consideramos civilización nació de personas que imaginaron una versión más justa del mundo que les tocó vivir. Lo paradójico es que muchas personas disfrutan hoy de derechos, libertades y protecciones conquistadas por movimientos progresistas mientras desprecian la palabra progre; como si el progreso fuera valioso únicamente después de consolidarse, pero absurdo mientras se está luchando por alcanzarlo.
Querer un mundo menos violento, más igualitario, más accesible, más sostenible o más humano no debería provocar vergüenza; debería provocar orgullo, porque el verdadero motor de la historia no ha sido la resignación, sino la capacidad humana de imaginar un mundo mejor donde vivir.
gomez.murillo.david@gmail.com
David Gómez Murillo es especialista en movilidad sostenible.